Como cada día blogger se vuelve más insufrible, me mudo para acá.
jueves, 4 de abril de 2013
miércoles, 6 de marzo de 2013
Te escucho mirar
1. Mi grupo, dice Ira Kaplan, no se llama como usted lo pronuncia, me siento tentado a corregirlo. No lo hace.
2. Llevo dos días dándole replay a la misma canción. Una canción sin voz. Sólo una melodía que viene de lejos, que entra, te desconcierta, te lleva y parece que nunca se va. La pongo una vez, otra vez, una más. Los discos ya no son discos sino archivos, canciones sin voz.
3. Si la canción fuera una imagen sería, sin duda, la misma portada del álbum donde viene. Simple. Una linea roja como estela de luz, algún faro prendido en un extremo superior, autos, sombras, todo difuminado.
4. En la misma entrevista, Georgia Hubley dice que hace tiempo, antes de 1992, ella e Ira pelearon y él termino yéndose a un bar. Ella lo siguió. Lo veía desde lejos sentado en la barra. Le clavaba la mirada en la nuca. Lo escuchaba mirar. Llevan veinticinco años casados. No es una canción de odio, dice ella, todo lo contrario.
5. Todo lo contrario.
2. Llevo dos días dándole replay a la misma canción. Una canción sin voz. Sólo una melodía que viene de lejos, que entra, te desconcierta, te lleva y parece que nunca se va. La pongo una vez, otra vez, una más. Los discos ya no son discos sino archivos, canciones sin voz.
3. Si la canción fuera una imagen sería, sin duda, la misma portada del álbum donde viene. Simple. Una linea roja como estela de luz, algún faro prendido en un extremo superior, autos, sombras, todo difuminado.
4. En la misma entrevista, Georgia Hubley dice que hace tiempo, antes de 1992, ella e Ira pelearon y él termino yéndose a un bar. Ella lo siguió. Lo veía desde lejos sentado en la barra. Le clavaba la mirada en la nuca. Lo escuchaba mirar. Llevan veinticinco años casados. No es una canción de odio, dice ella, todo lo contrario.
5. Todo lo contrario.
martes, 5 de marzo de 2013
Principio de incertidumbre
1. Michael y Pam luego de renunciar a Dunder Mifflin.
2. La escena famosa que no estaba planeada. El director dijo corte. La cámara seguía grabando. Un accidente.
3. El abuelo.
martes, 7 de agosto de 2012
Fracasar
Dice Richard Sennett que después de escribir El declive del hombre público sintió que ya no tenía más que decir. A partir de eso se puso a escribir novelas. Muy malas, según él. Desde hace algunos años ha vuelto a escribir ensayos. También dice, en la misma entrevista, que hay que intentar perder el miedo al fracaso, aprender carpintería. Volver a lo nuevo. Dice, además, que la gente cree que es mejor regresar a lo conocido que emprender un camino distinto y que de una vez y para siempre deberíamos olvidarnos de los trabajos de tiempo completo. Justo eso. No esperar la quincena nunca más ni la mensualidad.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Nadar
Me encontré, de nuevo, a Federico Bianchini. Esta vez no escribió sobre Fogwill. Tampoco sobre la chica que nada, sin una pierna, en aguas a temperaturas bajo cero. Ahora, es un decir, escribió sobre el juez argentino Eugenio Raúl Zaffaroni. No conocía al juez, por supuesto, pero me dieron ganas de nadar. En algún punto del texto aparece esto:
—La gente se sorprende —dice el bañero sin dejar de mirarlo—. Es uno de los pocos que se queda tanto tiempo yendo y viniendo, yendo y viniendo. Una vez incluso alguien me ha dicho: “Ese tipo no para nunca”También esto:
| Foto de Alfredo Srur |
El juez aprendió a nadar a los 53 años.
Resumo.
Me dieron ganas de nadar. No detenerme nunca.
miércoles, 18 de julio de 2012
miércoles, 16 de mayo de 2012
Los años con Laura Díaz
De un momento a otro
empezamos a ver, intempestivamente, lo que antes parecía no existir. Cuando iba
en la preparatoria, por ejemplo, descubrí todos los
libros que había en el estudio de la casa. Durante dieciséis años ignoré un cuarto lleno de libros. A partir de eso comencé a leer con voracidad,
con desesperación. Ahí encontré un ejemplar de Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes. Su título me sonó a radiografía personal.
Corrijo. Su titulo era una radiografía personal de mis años de entonces. No
pude leerla. Leí otras cosas de él, no esa novela de la que no se dijo nada en
las notas necrológicas sobre su muerte. Es una novela que parece no existir.
Una especie de libro fantasma. Me pasé la preparatoria viendo su portada,
imaginándome una historia que no contaba: la mía, la de esos años. En ese libro
invisible caben mis recuerdos, el ímpetu con que me sumergía en las cosas que
me parecían nuevas, la vida que olvidé. Nunca más estaré con Laura Díaz. No
importa. A lo mejor todos necesitamos de una novela fantasma, de un texto sin
historia que nos permita imaginar las palabras y los recuerdos que no podemos
decir. Los libros de Fuentes dejaron de interesarme, pero siempre disfrute
escucharlo, leer sus columnas, saber que había escrito mi novela fantasma. Aún
creo que él se veía, que siempre se verá, más joven que yo.
martes, 8 de mayo de 2012
Ingeniería de lo mínimo
De niño no podía asimilar que los días comenzaran en la oscuridad. Me
acuerdo de cuando un primo mayor me dijo que los días iniciaban a las doce de
la noche. Se me hizo absurdo. La mañana, mi única forma mental de futuro, no
podía ser la simple continuidad de un ciclo. Debía ser un comienzo radical. No
una prolongación sino más bien un inicio sin adjetivos. Ya no recuerdo que hice
con mi incredulidad. No quería darme por vencido. La vida no podía ser tan
tonta como para darme un comienzo cuando estaba dormido. Al final, sin darme
cuenta, la noche, esa forma liminar que segrega a los niños, pasó de ser el
final del día a la antesala del comienzo. Los mayores me vencieron. Yo quería
que la vida comenzara conmigo. Pero llegué tarde. Siempre llegamos tarde a
todo.
Los días deberían comenzar cuando uno despierta, ni antes ni después,
deberían quedarse suspendidos mientras estamos de baja por el mundo.
De un momento a otro las certezas van siendo quebradas por cuentos más o
menos idiotas que los propios. Un día los miedos que no nos dejaban dormir
comienzan a ser cosas diferentes. Las siluetas nocturnas que se movían en el
clóset se convierten en la ropa que no esta bien acomodada. Los ruidos extraños
que no dejan ir a la sala pasan a ser la madera de los muebles que se contrae.
Toda mi niñez dormí viendo hacia la pared para que las siluetas del clóset y
los ruidos de abajo no me asustaran. Evadir el miedo era tan fácil como ver
hacia otro lado.
No me interesa aquello que tiene apellido fantástico. No creo en el
voluntarismo de la invención, en su falso paternalismo con la realidad, como si
la vida estuviera, ya, terminada de ante mano, como si las palabras y los
conceptos no fueran cajas vacías como decía Wittgenstein. Como si todo fuera lo
que unos quieren que sea. Me intriga más la falsa imagen que dan las cosas, el
velo ficticio con el que suelen engañarnos. Más que bestiarios fantásticos, la
mirada entomológica con la que Jules Michelet hace una historia travestida y
ficcional de los insectos, no un tipo que termina clasificando de la manera más
inocua, sino que disecciona y clasifica de una manera absurda, genial.
Entomólogos como George Perec quien en vez de ver insectos se puso a ver “lo
que pasa cuando no sucede nada”. O como Augusto Monterroso en “Las moscas”. O
Fabio Morábito quien en Caja de herramientas, en vez de escribir sobre
arácnidos, disecciona y analiza clavos y tornillos. No hay anatomía más
perfecta que la escrita por José Alvarado de las escaleras.
Juan Villoro
dice que entre los niños un año de diferencia no es sólo una cifra, sino
trescientas sesenta y cinco aventura de más. En ese sentido, me interesa la
literatura que regresa a lo pequeño, que actualiza el valor de los objetos, que
nos hace recordar que no hay bestia más incontrolable, como nos hizo notar
Joyce, que un día.
Publicado en el número siete de [Radiador].
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viernes, 13 de abril de 2012
Un bostezo sobre twitter
No tengo twitter. No sé si algún
día tendré una cuenta. No podría afirmar que me disgusta. Me da más o menos lo
mismo. A veces, para evadir cualquier discusión, digo que no me registro en la
famosa red social por temor a quedarme inmerso en sus fauces virtuales, a ser un
adicto que escribe en ciento cuarenta caracteres por minuto. Aunque a decir
verdad, me importa poco. De vez en cuenta husmeo las cuentas de algunas
personas que me interesan. Es perfecto que no necesites registrarte para ver
como avanza ese río de falsas nimiedades, de momentos que se acumulan y se van
tirando los unos a los otros. No es que ignore el mundo del tuit; no se puede.
Leo en los periódicos que los tuiteros tal, que los tuiteros esto, que se
avisan del alcoholímetro, que Anahí es la mexicana con más seguidores, que la
vida se está reinventando y que es muy idiota quien no lo esté siguiendo minuto
por minuto. Se me hace genial que la vida quepa en una caja de zapatos, que
alguien diga que se lava los dientes aunque no le esté haciendo en realidad,
que la vida sea breve y se olvide a cada rato.
Publicado
en el número seis de [Radiador]
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jueves, 8 de marzo de 2012
Historia de la naturaleza
Me propones, ventana extraña, que esté a la espera.
Rainer Maria Rilke
Los muros no
dejan ver. Enmarcan, limitan, lo cierran todo. Las ciudades se van convirtiendo
en muros que dan hacia otros muros, edificios que se sobreponen unos a otros. La
ciudad entera parece un edificio que no da a ningún lado. La ventana sobre el
escritorio de mi cuarto tampoco da a ninguna parte. Tras ella sólo se ve una
pared inmensa cubierta por una enredadera. Por la ventana de Bartleby el
escribiente, también se veía un muro. Pero él, mientras se negaba a realizar
todas las cosas que le pedía su jefe, se pasaba todo el día mirando tras de
ella. Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre
preferiría no hacerlo. Las pocas veces que he intentado mirar tras mi ventana,
me desespero, como si la vida fuera a una velocidad que siempre me supera y el
solo hecho de estar ahí me hiciera quedar rezagado. Estúpida juventud. A esta
edad, dicen todos, la vida apenas comienza. En sus diarios juveniles, Alejandra
Pizarnik escribió: “Me dicen tienes el futuro por delante, pero yo miro y no
veo nada”. Yo tampoco veo mucho y toda la culpa se la echo a la enredadera.
Una ventana frente
al escritorio. Un hueco en la pared. Un muro. Una enredadera y arriba el pedazo
de cielo que no enmarca nada. Una ciudad que no se ve. Entre el muro y yo, un
pedazo de vidrio, cortinas.
El jardín es un
mar de tierra con puntos verdes que crecen desperdigadamente. Nunca se ha dado
el pasto por completo. Lo intentamos varias veces. Compramos tapetes de pasto
que nunca terminaron de afianzar. Era divertido desenrollarlos. Hubo también
sacos y sacos de tierra fértil; esa tierra negra que siempre está húmeda:
tampoco pasó nada. Alguna vez vino un jardinero e intentó germinar semillas. Todos
los días mí hermano y yo, antes de regar la tierra, revisábamos a ver si había
crecido algo durante la noche. Recuerdo cuando hubo brotes tenues; la sonrisa
que nos dejaron aquellos puntitos verdes en el fondo negro de la tierra.
Tampoco llegaron a ser pasto. Hubo con el tiempo, brotes de hierba rala. Mi
mamá fue trayendo plantas que, de vez en cuando, se alzan con flores. No ha
sido un verdadero jardín, pero todos le llamamos así. Sólo recibe directamente
la luz del sol a medio día. Lo regamos cada tres días.
Lo que siempre ha crecido es la
enredadera. Cuando alcanzó la totalidad del muro quisimos contenerla. Sólo una
vez la podamos completamente. La vecina de atrás se quejó de la humedad que la planta producía en
su casa. Un día entre mi papá, mi hermano y yo, la cortamos. No fue fácil. Las
manos se quedaron deshechas luego de utilizar por varias horas las herramientas
de jardinería. Cuando despejamos el ramaje, nos dimos cuenta que el muro estaba
completamente seco. Toda el agua estaba contenida en las ramas. No había
humedad en los muros. El jardín sin pasto se llenó de hojas y ramas
destrozadas. Habíamos matado a la enredadera. Tardó algunos meses en volver a
cubrir todo el muro, volvió a crecer con la misma intensidad y con un verde más
fuerte. Quedó el recuerdo del muro muerto, la sombra gris de aquellos días sin
hojas de enredadera. A veces pienso que nunca la podamos y crece hasta que la
casa se cubre de tantas hojas que termina por desaparecer.
Las enredaderas
son invasivas. En algún punto de su historia evolutiva, un error marcó su
diferencia: en vez de buscar un cuerpo, como tallo o tronco, se deshicieron en
ramajes que van trepando las superficies. No se pueden mantener erguidas, su
cuerpo es todas las ramas. Buscan la
luz, absorben el agua, crecen. Se expanden. En un cuento de Guadalupe Nettel,
uno de los personajes se da cuenta que es un cactus, mientras que su esposa es
una enredadera. Él no quiere tener hijos. Ella sí. Están enamorados. Los cactus
crecen hacia dentro, se recubren de espinas para no perder el agua que
acumulan. Las enredaderas buscan la expansión como forma de supervivencia. Una
enredadera no puede crecer rodeando un cactus. El cuento se llama Bonsái. Al final la pareja decide
separarse. Todo es invasivo, incluso los cactus.
Algunas ciudades
se expanden devorándolo todo, van proliferando en los espacios menos esperados.
Se desbordan. Otras crecen hacia dentro, conteniéndose mientras los muros se
enciman entre ellos hasta perder el suelo. Todas necesitan crecer para seguir
viviendo.
Quizá mi ventana
tenga una función más discreta a la que ofrece el plano vertiginoso de una
calle transitada, o la de un pretencioso descampado que sólo da a sí mismo. En
una foto de Wolfgang Tillmans, tomada desde el balcón de un departamento, se
enfoca una rama que sostiene un fruto. Una naranja, creo. El fruto lleva
adherida una breve nota que dice: “Please, leave this one”. Detrás de la rama y el fruto se ve
la ciudad desenfocada. Tal vez la enredadera no obstruya la vista, y más bien
la simplifique, como la foto de Tillmans que no ve las casas sino que centra el
foco en la rama y el fruto. Incluso la foto ignora el pequeño mensaje adherido
al tallo, como si la realidad humana fuera una ligera intromisión. La
enredadera es un escenario simple donde sucede la vida: el laberinto de las
hojas, los nidos de pájaros, los insectos que no conozco. Un pequeño nuevo
mundo que vive en la velocidad de las cosas que no tienen prisa. Un tiempo
distinto del nuestro. Al final pienso que la vida, los años, los días,
no se verían tan intimidantes si sólo pensara en este momento. “No hay
nada más difícil que habitar el presente”, escribió Henri Bergson; quizá por
esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos. Veo
la enredadera y pienso: Please, leave this one.
Publicado en n° 251 de la revista Este País.
miércoles, 4 de enero de 2012
Escuchar el susurro
Siempre que alguien
me habla de política no dejo de sentir el tono de regaño, de moralismo barato,
por no preocuparme demasiado ante los sucesos de actualidad. Cómo si la vida no
hubiera estado al borde de colapso hace un siglo. Hace dos. Todo el tiempo.
Pereciera que pedir a los demás la rectitud que uno nunca tendrá da puntos en
alguna escala de conciencia social: yo
si me preocupo, yo si leo, yo te dije. Nos pasamos pensando que el activismo es
más efectivo en la retórica que en la práctica. Aconsejar todo el tiempo para
desoír las propias palabras a la menor provocación. La gente no cambia. Quizás
sí. Los que no cambian son aquellos que creen que la personalidad es una bolsa a la que echamos los adjetivos
que más nos gustan; las estampitas que sirven para presumir las hazañas que por
tanto predicar, nunca realizaremos.
Hace algunos meses
Enrique Vila-Matas se enfrasco en un aparente debate con algunos ultras de los
autodenominados “indignados”. Todo por un texto donde el escritor criticaba la
superficialidad de los argumentos, los libros y las herramientas virtuales que
los jóvenes utilizaban como base en su reclamo.
El texto se llamaba Empobrecimiento, y aunque el autor, a veces, parecía
estar escribiendo más un regaño que un texto (“En la Spanishrevolution se ha visto
cómo los tuits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden
leer.”), señaló con precisión la manera en que vamos dejando la fuerza en
tareas que parecen demasiado importantes, y que muy pronto se olvidarán. De
todas las palabras se me quedaron, sobre todo, aquellas que pertenecían a Wallace Stevens y que Vila-Matas recuperaba:
"Hasta que finalmente el susurro no le interesa a nadie". Tan
concentrados en el grito, tan olvidados de la arquitectura tenue del susurro.
Hay algo de injusto
en pedir clases de comportamiento ético
a los libros. Petición proclamada, muchas veces, por aquellos que los consumen
y los escriben, aunque publicitada, otras tantas, por las personas que los
venden o que nunca los leen. ¿Por qué la literatura debería ayudarnos a ser
mejores personas? ¿Por qué si un libro no habla explícitamente del momento
actual, es solipsista? Escribir sobre la violencia no es un pronunciamiento
activista, es, tan sólo eso, escribir sobre la violencia. Como si aquel que no
leyera un libro sobre la muerte y el narcotráfico, no sintiera el dolor de
perder a un ser querido. Pedimos a los libros lo que nunca podrán dar: que
solventen nuestras faltas, nuestros vacíos.
Las mismas palabras
en bocas distintas, el mismo contenido, el mismo espanto: reiteración tras
reiteración y a nadie le importa ya el susurro. No estamos en el mejor de los
tiempos. Nunca ha sido el mejor de los tiempos. A mí también me aterroriza
pensar que puedo ser el daño colateral de algún enfrentamiento entre militares
y sicarios. Pero ya de niño me daba miedo que mis padres no llegaran a casa. En
ese entonces no conocía la palabra sicario. El miedo era el mismo. Todo se
puede terminar a cada momento. Es la regla que nadie pidió, que nunca estará en
nuestras manos. El poeta norteamericano Robert Creeley, ha escrito que lo mejor
que podemos hacer es “advertir particularidades”; escribir para sentir lo que
usualmente no se ve, para darle tiempo a lo pequeño. Y eso no sólo lo hacen los
lectores, lo hace también todo aquel que, después de hacer algo que lo deja infinitamente
feliz, se da cuenta que ojalá y la vida durara, apenas, ese momento perdido.
Ese pequeño e infinito susurro que no se repetirá jamás.
Aparecido en el número tres de [Radiador]
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martes, 22 de noviembre de 2011
Salir de casa (o los museos como mentira)
1. Duchamp por enésima vez
Uno
se acuerda de las cosas que nos justifican. De mis lecturas sólo recuerdo
aquellos fragmentos que reafirman mis vicios de siempre. Estuve leyendo Conversaciones con Marcel Duchamp, de
Pierre Cabane (en la bonita y austera y edición de alias), y de todas las respuestas que va soltando ligeramente a lo
largo del libro, sólo recuerdo aquellas dónde el francés muestra su desinterés
por el mundo del arte. Sobre todo cuando dice que, casi nunca va a los museos. Contra
la imagen del hombre que lo quiere saber todo, la imagen de Duchamp, como dice
Enrique Vila-Matas, se inscribe en la tradición bartlebytiana de aquellos que
prefieren no hacerlo.
Yo
que preferiría no hacer tantas cosas, apenas me consuelo no yendo a los museos.
Uno, por el tiempo que ya no tengo. Dos, porque soy presa de los textos;
prefiero hojear los catálogos de las exposiciones o leer sobre las obras a
perder mi fin de semana con gente que no conozco. Tres, porque casi todo está
en internet. Cuatro, por esta falsa perorata que hago para justificar mi
desidia:
Hay
en los museos un cierto tufo de cristal. Dentro de ellos, algo siempre parece a
punto de romperse. Camino casi de puntitas. La voz se me vuelve un susurro.
Manita en el mentón y la postura más erguida. Como si los museos tuvieran un
impedimento de nacimiento que nos hace sentir siempre incómodos. En ellos uno se
siente observado, algunas veces por los custodios de las obras, otras tantas
por las cámaras de seguridad. En ocasiones, la mirada inquisidora viene de las
mismas paredes del museo; cuando hice mi servicio social en el MUAC, una
trabajadora decía que todos los días sentía que el edificio juzgaba lo que
hacía. No sólo ella. La gente en los museos tiene cara de cartón; o de
exquisitos al borde de un colapso por tanta epifanía. En fin, un fastidio.
2. El cuerpo es una casa
El
artista mexicano Rafel Lozano-Hemmer se ha valido de la tecnología para generar
experiencias estéticas más allá del confort de los museos. Sus obras son una
revalidación del espacio público, en ellas el espectador termina siendo, muchas
veces, el protagonista de la obra. Under
the scan (2005-2006) es su proyecto que más me entusiasma. Fue realizado en
varios poblados de Inglaterra. Realizó mil videos donde los lugareños eran
grabados haciendo lo que quisieran. Los videos se proyectaban aleatoriamente en
una plazuela pública, la cual estaba completamente alumbrada por grandes
reflectores. La luz impedía que se pudieran ver los videos. Cuando la gente
cruzaba la plazuela, su sombra hacía posible ver los videos. Había cámaras que
seguían a los paseantes para poner los
videos en su camino. Cuando se perdía el interés y el espectador se iba, el
retrato se desvanecía. Cada siete minutos era revelado el mecanismo de
funcionamiento de la obra. Luego de esto, volvía a comenzar.
Encontrarnos,
con la gente; de eso trata la obra de Lozano-Hemmer. De eso va la vida también.
La ciudad como escenario. Cuando salimos de casa, la vida puede volver a
suceder. Robert Louis Stevenson escribió
que “El cuerpo es una casa con muchas
ventanas: en ella nos sentamos todos, mostrándonos y llamando a gritos a los transeúntes para que vengan y nos
quieran”. Hay encuentros
intrascendentales, hay otros, más infrecuentes, que nos cambian la vida. Somos
a partir de los demás, ellos también son a partir de nosotros. Descubrir un
video proyectado en el suelo para darse cuenta que la vida, con todo y sus
encuentros fortuitos, acaso por ellos, es la experiencia estética más intensa.
***
***
Aparecido en el n°2 de Radiador y en el n° 71 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
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Stevenson.,
Vila-Matas
jueves, 10 de noviembre de 2011
Anatomía de los oficinistas
Desde hace varias semanas no escucho bien del oído derecho. Con JM, cuando caminamos, me pongo a su izquierda para poder escucharla bien. Ella dice que debería revisarme el oído, yo le digo que sí; al final termino sin hacer nada. El otro día, sin que se lo pidiera, se cambió del lado derecho a mi lado izquierdo, cuando nos dimos cuenta hasta qué punto nos hemos acostumbrado a mi parcial sordera, reímos. Luego me espanté un poquito, por el tiempo acumulado sin mi oído derecho; al final se me olvido. Uno se acostumbra a todo. A lo mejor nunca vuelvo a escuchar bien. Le voy viendo las ventajas, a veces completo las frases de las conversaciones cercanas, me imagino mejores temas a los de siempre. El otra vez, según yo, tres mujeres hablaban del origen del mundo visto a través de una revista de chismes.
A la hora de comer, me encuentro con demasiados oficinistas. Van de tres en tres; de cuatro en cuatro. Ocupan casi siempre toda la acera. Casi nunca van solos, he visto pocas parejitas. Siempre van muy lento. Ese ritmo suyo no deja de parecerme fascinante, yo que aun sin tener nada que hacer, llevo prisa siempre. Se ve que no quieren regresar al trabajo, de todos modos van contentos. He tratado de llegar temprano a la Fundación para corroborar que su actitud no es la misma por las mañanas. No he podido.
Cuando van puros hombres, son más bien burdos y baratos. Dicen cosas a las estudiantes de la escuela Bancaria. Entre ellos son nefastos: hablan fuerte, apestan a colonia, comen con la boca abierta. El otro día, en la taquería, dos de ellos no se despegaban de la salsa. No dejaban que la gente se sirviera bien. Estorbaban. A uno le di un codazo disimulado para quitarlo de ahí. Me serví salsa. Se me quedó viendo feo.
Los oficinistas todavía fuman después de comer: me contaba JM, que a un amigo suyo le escupieron en la facultad por estar fumando. No puedo con esa manía de la salud, me desesperan los ecologistas –esos feligreses del credo en moda. Yo, que nunca he sido un deportista, siento empatía por los fumadores. El escritor y editor José María Espinasa dice que, cada vez que ve una cajetilla con el leia de: “Fumar te mata lentamente”, le dan gajas de fumar más; nadie se quiere morir rápidamente, dice él.
A veces, JM, viene a comer conmigo. Cuando eso pasa, somos oficinistas sin oficina. La gente se parece mientras come. Platicamos de los pendientes, de tal o cual cosa, tal o cual tema. Acostumbrado a ver a la gente, me gusta cuando sólo me concentro en lo nuestro. Me imagino que un yo imaginario que no está con JM, completa frases de nuestras conversaciones. Ella fuma después de comer, yo me tomo un expresso. Al final damos una larga caminata para bajar un poco la comida.
Nunca he usado un traje, tampoco una corbata. Pero a veces creo que lo realmente necesario en mi vida es un trabajo de oficina. No se necesita una academia de artes para ser creativo. Siempre tendremos a Kafka y a Julio Ramón Ribeyro para darnos cuenta que la literatura se hace donde sea. Debería intentar ser un Gombrowicz de la colonia del Valle. A lo mejor he visto demasiados capítulos de The Office, pero me caen bien los oficinistas. Contra el prejuicio de los trabajadores alienados me gusta contraponer la forma en que toda la gente se apropia de los lugares donde se desarrolla. Sea una empresa, o una casa llena de escritores. No hay nada más revolucionario que una comida que se pasa del tiempo permitido.
Publicado en el n°69 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
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Ramón Ribeyro
viernes, 4 de noviembre de 2011
Un libro tendido (mística espiritual de la de desidia)
Daniel me invitó a colaborar con una columna en su nuevo proyecto literario: Radiador . Un fanzine digital que tratará de salir puntualmente cada mes. Cada número será temático y con una previa convocatoria para que pueda publicar quien sea. El número del mes pasado trató sobre la poesía y el misticismo. Yo no sé si lo que escribí tenga alguna relación con la temática. Nadie me dijo que no. El texto quedó así:
***
Para que no me reprocharan el haber metido una sola prenda en la lavadora, colgué ropa limpia en los tendederos de mi casa. No sé por qué, ese gesto, a parte de ridículo, me hizo sentir un poquito de tristeza por la manera en que vamos haciendo cosas para estar en paz con los demás. Tiempo después, ya cuando la camisa lavada estaba seca, me di cuenta que ésta, por mucho, se veía más vieja que las falsas camisas sucias. Una vieja camisa que me pongo todo el tiempo para sentirme seguro ante los demás. Eso hacemos siempre, aferrarnos a lo mismo para no tener que sentir vulnerabilidad ante lo nuevo.
Cuando subo a la azotea me gusta recordar las instrucciones que Marcel Duchamp, envió como regalo de bodas a una de sus hermanas: colgar un libro de geometría en el balcón del apartamento. De esta forma, el viento podría “(...) elegir sus problemas, pasar las páginas, e incluso arrancarlas”. Que la vida se resuelve sola, me repito como mantra algunas veces.
Lo nuevo, parece gritar el mundo, siempre lo nuevo; el filósofo alemán Boris Groys, argumenta que podríamos decir qué cosas son inherentes a la novedad, lo que no podríamos hacer nunca, es dar una receta para que lo nuevo perdure. Todo es una moneda al aire. Al final, como la camisa desteñida (mi camisa), terminamos gastando incesantemente las cosas que nos gustan. Sin saber por qué, nos vamos haciendo esclavos de lo mismo.
Cuando las cosas importan, siempre son elhas las que nos inician. Francis Alÿs, dice que no presiona mucho durante el proceso creativo de sus obras, si las cosas se complican, comienza a realizar una pieza nueva. En esa confesión del artista belga, se puede traslucir toda una ética del fracaso: dejar las cosas, volver a comenzar, saber reconocer la sucesión adecuada de las cosas que vienen, cambiar de página; quitarle peso a la voluntad, creer más en las cosas y en su devenir propio. Casi todo depende de otro tiempo, de alguna fuerza menos nuestra y más de lo desconocido. El amor, decía Joseph Brodsky, siempre es más grande que nosotros. No sólo el amor, la vida en general siempre es más grande que nosotros.
Borges siempre quiso ser un poeta místico. No es una exageración, su literatura surge a partir de la búsqueda de esa revelación, de esa posibilidad de acceder al secreto de la vida y de las cosas. En su ensayo sobre La Muralla China, Borges escribe que, la experiencia estética es: “(...) la inminencia de una revelación, que no se produce (...)”. No encontraremos nunca la revelación esperada, pero acaso en su imposibilidad, la experiencia estética nos haga dar cuenta que nada está dicho de una vez y para siempre. Como una grieta en los muros, el arte nos hace sentir que la vida, puede hacerse siempre, una vez más, y otra, y de todos modos, seguir incompleta.
Haría falta, en vez de apelar a la voluntad, esbozar una teoría falible sobre lo inevitable. No decidir, seguir simplemente. Dejar que el viento arranque las hojas, solucione la vida, nos traiga nuevo problemas. Buscar más que la revelación, la sensación de lo que vendrá: un eterno suspenso que no se resuelve.
jueves, 13 de octubre de 2011
Días de camisas viejas
De niño me gustaban las bermudas. Las vestía cada que podía: cuando salía a jugar, en las reuniones familiares, o cuando andaba, simplemente, por la casa sin hacer nada. Me daba tristeza que lloviera y no me dejaran ponérmelas debido a que se me mojarían las piernas. El gusto por los pantalones que no eran pantalones me duró varios años. Hasta la secundaria, creo. Nunca supe explicar aquella fascinación por los shorts que no eran shorts. Me acuerdo que, una vez, antes de una fiesta, estaba angustiadísimo por no saber que ponerme (primera aclaración: fui un niño gordo; muy preocupado por no parecerlo demasiado.), se hacía tarde y mis papás se empezaban a desesperar. Yo no sé si en serio o más apurada que atenta, mi mamá me recomendó ponerme una bermuda, se te ven muy lindas, me acuerdo que dijo. Muy lindas. Y yo me puse cualquier bermuda. Estoy seguro que ese fue el pretexto para ponérmelas después a cada rato. Uno se inventa pretextos para las cosas que hacemos; las razones verdaderas nunca las sabemos, sólo pretextos que llegan a destiempo. Hoy, la voz de mi mamá, sigue siendo el pretexto para recordar aquel gusto por las bermudas. Tuve muchísimas; un día, simplemente, dejaron de gustarme. La prenda de siempre empezó a parecerme ridícula, infantil. Ya no me he vuelto a poner una. Cuando veo a cualquier persona con una bermuda, luego de parecerme patética -la persona y la prenda-, siento un poquito de nostalgia por los días en que me hicieron sentir menos gordo, más lindo.
(las cosas que defendimos, la ropa que nos pusimos, los amigos que tuvimos, como cosas inservibles que se van apilando en el olvido)
La semana pasada, luego de descomponer la lavadora, descubrí que una camisa que me gustaba particularmente, estaba rota. Me di cuenta cuando iba a plancharla. La tela rasgada entre los botones y la bolsita esa, donde la gente de oficina pone las plumas. Era cuestión de tiempo. Hacía semanas que había notada la delgadez transparente que iba adquiriendo la tela de la camisa. Ya tenía casi dos años con ella.
Esa camisa, fue la última de una serie de prendas que he ido perdiendo en los últimos meses. Cliente de las malas compras, voy juntando ropa que no me pongo para sólo vestir las mismas diez prendas de siempre. Sigo siendo inseguro. No me gusta darme a notar demasiado. No soy estrafalario, prefiero vestir la misma ropa a vestir diariamente diferente: soy esclavo de lo mismo.
Ya no tiro la ropa vieja que me gusta. La voy guardando como un cementerio bastante malo de las cosas que me dieron más tranquilidad que cualquier otra cosa en el mundo. Cuando veo en mi closet mi blazer verde militar que usaba en la preparatoria, me acuerdo de los días y las personas de entonces. De un momento a otro, el blazer, se fue deshilando de varios lados: las mangas, los bordes inferiores. También se fue rompiendo. Nunca usé una prenda tanto como esa. Sin darme cuenta fui dejando de ponérmelo, también, sin darme cuenta, fui dejando atrás todo lo que esos años me apasionó fervorosamente. De aquellos días, apenas y sobrevivió una prenda. No fueron años ridículos, estoy seguro.
Publicado en el n° 65 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Enfermedad mortal
Nada que festejar. Ni hoy ni nunca. En mi país no creo desde lo ocho años, tal vez nueve. Todas las tardes, después de la escuela salía a dar un paseo en mi bicicleta amarilla. Tan grande, tan bonita. Todas las tardes, la misma ruta. Todas las tarde menos una. Esa vez donde dos hombres, jóvenes yo creo, tendrían -estoy seguro- ahora mi edad, se acercaron y me empezaron a preguntar cualquier cosa. La ruta no se concluyó. Recuerdo las palabras que dijeron, ya no tiene sentido transcribirlas. Era un niño, no un idiota. Supuse que algo saldría mal. El miedo no es algo que se aprenda, lo sufres, lo padeces: la piel, el estómago vacío, la falta de saliva. Algo iba mal. Yo lo sabía. De un momento a otro, uno saco un desarmador, se le transformo el rostro. Tenía yo ocho años, tal vez nueve. Me arrebataron mi bicicleta, la primera de las cuatro que me han arrebatado en mi vida. La última hace ya tres años. No se necesita crecer para darse cuenta que la vida en este país, desde hace tanto, está jodida.
“Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente…” así no un mexicano sino Thomas Bernhard, quien habla del Salzburgo de la primera mitad de siglo. Pero Bernhard siempre creyó que su país era, una enfermedad mortal, no sólo cuando él era niño, sino siempre. Si viviera lo seguiría creyendo. Cualquier ciudad es una enfermedad que nos arrastra con ella.
No sólo los países, la vida en general, es una enfermedad mortal. Sin tremendismos. La vida, ya lo dijo Gorostiza, es una muerte sin fin. La felicidad antecede los golpes. Una sonrisa y un golpe bajo. Fluctuaciones de lo mismo; primero bien, después mal: etcétera. Herta Müller lo ha escrito así: “... el daño siempre prevalece. Que en la vida se presenta la belleza, pero precisamente cuando despunta su brillo, el bumerán de la felicidad devuelve el golpe y arrasa el instante”. Éste y aquel. Todos sin excepción.
Después del café, ella me decía, la felicidad está subestimada. No recuerdo que dije. Sonreí, estoy seguro. Era de noche, íbamos caminando. Teníamos frío. Veníamos de tomar café con unos amigos. En ese momento recordé las palabras de Juan Ramón Jiménez, “Más tiempo, no es más eternidad”. Las dije en algún momento de la caminata. Luego dijimos cosas menos serias, más bonitas, no memorables. Ante el golpe del bumerán que vendrá, es preciso afirmar los momentos en que el mundo, aunque sea brevemente, está completo; lleno. La vida se nos desgaja. Pero eso lo sabemos desde que matamos insectos en los jardines. No se decide tener miedo. Tampoco enamorarse, y querer a los amigos. Buscar a la familia. Salir de paseo. Ver las luces desde la ventana del apartamento. Baltasar Gracián escribió en el siglo XVII que, “no debimos haber nacido, pero ya que hemos nacido, no deberíamos morir”. Así hoy, en este país de muertos apilados, tampoco deberíamos estar aquí, pero ya que estamos, no nos deberíamos dejar morir.
Publicado en el n° 61 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Quedarse en casa
Siempre es más fácil quedarse en casa. Lo digo por las mañanas; por ese fardo que se posa sobre uno y nos hace querer ser una sábana más. Ser un pedazo de tela gigante que cubre la superficie y está metido por debajo de los lados del colchón. Algo que no se tiene que levantar. Ni mover ni pensar; sólo quedarse. Y ya. Qué difícil levantarse, hacer las cosas de siempre; que terrible no ser una sábana.
De la vida de antes, me acuerdo de las mañanas. De los fines de semana dónde me levantaba tempranísimo para ver caricaturas. En ese entonces mi mayor sueño era una tele en el cuarto para ver los mismos programas de siempre sin tener que bajar a la sala. Estaba enfermo de televisión. Mi papá la tenía que apagar para que pudiera comer. Supongo que con una tele en el cuarto no hubiera llegado a la universidad. A lo mejor me hubiera ido mejor en la vida: de todos modos nunca he leído completo un libro de psicología.
Esta semana no dejé de pensar en el episodio de Los Simpson, donde Homero, en vez de ir a la iglesia en domingo, se queda a dormir hasta tarde. Me acuerdo, sobre todo, de las ganas de orinar que lo obligan a levantarse. Siempre he creído que esas ganas de orinar son las ganas más terribles de la vida; las más injustas: las peores.
Aun pienso que el control remoto es uno de los grandes inventos de la humanidad; todo se controla desde la distancia; no escribes, sólo pulsas. El mundo a partir de una mano; sólo con dos pilas. No siento el mismo marasmo cuando navego por internet que cuando veo la tele. Lo único que puedo hacer cuando no puedo con el mundo, es prender el televisor. No importa qué ver. A veces, solamente, es cambiar canales. Estar frente a ella, ver rostros, secuencias de películas que nunca veré por completo, productos para adelgazar. El mundo en una mano. No hay placer comparable que sentir cómo el peso funesto de la realidad, se desvanece cuando encuentras algún episodio de tus series favoritas: al Homero que se levanta para orinar, se le soluciona el domingo cuando encuentra en la televisión un partido de futbol americano.
El austriaco Erwin Wurm viene haciendo desde hace algún tiempo su serie Instructions for Idleness. En ella, se toma fotos haciendo las cosas más improductivas de la modernidad. Hay dos que son mis favoritas: Stay in your pyjamas all day y Watch tv all day long: en tiempos de actividades sobreimpuestas, nada más revolucionario que no hacer nada. Dejarlo, cual Bartlebys, para después; ver la tele para preferir no hacer nuestra vida de siempre. Suspenderse del mundo.
Puede que la tele, en estos tiempos de búsqueda obligada, sea una forma de no salir de casa. Lo cual, ahora que lo escribo, no deja de parecerme un poco triste. Ningún moralismo. Más bien, por darme cuenta que sigo haciendo las cosas que ya de niño, pensaba que algún día dejaría de hacer. En ese entonces creí que ser mayor era no tener tiempo para perderlo. Tal vez, como ese poema Derrota, de Rafael Cadenas, yo también me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado. A lo mejor es eso. Lo raro es que también me pone contento no tener que hacer muchas cosas; quedarme en casa por ejemplo, tomar el control, cambiar de canal.
Publicado en el n°59 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de armas de Querétaro.
viernes, 19 de agosto de 2011
Sobre las despedidas
Me estresan los gestos definitivos, las últimas palabras, los arrebatos de telenovela. Ante la mínima presión arruino las cosas; me doy de baja antes de tiempo. He dejado de comprar en lugares donde me empiezan a reconocer. No puedo con las expectativas, con las exigencias ciegas de quien presume conocerte. Tal vez por eso, tampoco puedo con las despedidas. Me quedan grandes. Prefiero dar la vuelta y listo. Decir Adiós y no voltear el rostro; la mayoría de las veces no digo nada: tenso el cuerpo, cierro la boca y me siento inútil. En su Jakob Von Gunten, Robert Walser, escribe precisamente, sobre la farsa de las despedidas: “¡Qué breves son los adioses! Uno quiere decir algo pero como se le olvida la frase apropiada, no dice nada o bien suelta alguna tontería. Despedir y despedirse es horroroso”.
Lo que me desespera de los actos protagónicos, es el ingenuo afán de control; esa mentira de la voluntad: no somos lo queremos, apenas y somos lo que podemos. Decía Joseph Brodsky que el amor siempre es más grande que nosotros. No sólo el amor, la vida en general, siempre es más grande que nosotros.
Me gustan los gestos impedidos, las cosas que no terminan de acabar. Contra la voluntad de las despedidas, mejor dejar las cosas. Resignarse. No forzar demasiado. Darse por vencido. Saber que de todos modos, los puntos finales casi siempre son punto y seguido. Guardo las imágenes triviales de las despedidas definitivas: la risa incomoda, el sudor en las manos, el gesto torpe que dice ser un beso.
Dice Vila-Matas que, “A veces hay personas que sin saber que estaban enamoradas se despiden para siempre” No dejo se sentir cierta tristeza ahora que transcribo la frase. Las verdaderas despedidas no son protagónicas. Son de todos los días. Te vas y ya. No te das cuenta. Despedirse de verdad, me decía L, es más las palabras que no dices que el discurso memorable; es confiar en la otra persona, saber que ante todo y después de todo, estará bien. No es la última carta que se envía para explicarlo todo. Es mucho menos. Te sales de la escena. Confías.
No recuerdo dónde leí que al subirse al barco que se lo llevaría de Argentina para siempre, el polaco Witold Gombrowicz, gritó: Maten a Borges. Supongo la ironía. Era 1963. Pero se me hace un gesto demasiado ingenioso. Mejor las despedidas que no parecen tal, el mismo Gombrowicz escribe en su diario sobre aquella partida: “He aquí cual fue para mí el final de la Argentina: una mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección casual; el farol, la placa, el agua, todo ello me penetro para siempre".
Una despedida es un farol visto desde lejos.
"Hay demasiada vida -escribe Francisco Brines- para una despedida”. Me acuerdo que le dije el verso varias veces. Lo repetíamos como mantra. Yo no sé si la volveré a ver. Pero tengo la última imagen de nuestra historia en mi cuello. La encontré por casualidad y la acompañé a su facultad. Llevaba unos zapatos horribles, eran de tacón cuadrado. Se veía linda. Al despedirnos nos abrazamos como siempre. Ya no era siempre. Recuerdo la forma en que dejó caer su rostro en ese hueco, entre el cuello y el hombro. Cerré los ojos. Hacía meses que no la veía. Hay demasiada vida para una despedida. Le he escrito. No me ha contestado.
Publicado en el n° 57 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
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miércoles, 10 de agosto de 2011
Contra las palabras
Una palabra no contiene nada. Antes creía que sí. Pero no. Las palabras son de aire. Cajas vacías decía Wittgenstein. Cajas de cartón; algunas son de voz, otras son de tinta. Aunque ya nadie escriba con bolígrafo; el otro día constaté lo horrible que se pone mi letra cada vez: ya no sé sostener una pluma bic. Nunca aprendí letra manuscrita. Lo intenté. Las palabras siempre se vieron mejor en las libretas de los otros. Ahora casi siempre escribo desde esta pantalla. No está mal. De todos modos siempre tuve fea letra.
Dice Herta Müller que cuando no decimos nada, nos tornamos patéticos; cuando decimos, nos volvemos ridículos.
Y uno escribe. Dice. Comenta. Susurra. Calla. Platica. Y todo no puede ser más que una indicación, como decía Thomas Bernhard. Un indicio simplemente. Pero las huellas tienen la ventaja de hacer crecer la imagen que no se ve. Todo es más antes de verse. Es verdad que uno se desespera de no decir lo que se quería comunicar, pero también nos conformamos. Me caen bien los que no arrebatan la palabra en las conversaciones. Esos que saben lo absurdo de tanta palabrería; no preguntan después de las conferencias ni alzan la mano durante la clase. Que aburridos los que quieren alargar los debates y decirlo todo de una vez. “Tener cuidado de parecer que uno tiene opiniones -decía Bernardo Soares en su Libro del Desasosiego- no vaya a ser que uno termine dando conferencias”. Pocas palabras.
Esta columna quería ser un elogio de la acción. Pero tampoco creo en esos que están de activos todo el tiempo. No quedarse sin hacer nada es lo mismo que escribir y hablar todo el tiempo.
Me gustan las palabras sencillas. La literatura que más estimo es la que dice como sin decir las cosas. Donde las palabras no pesan e intentan hacer sentir lo que se quiere expresar. La literatura, creo, es precisamente esa imposibilidad de decir la vida. Cómo se escribe un suspiro me preguntaba el otro día V. No supe que contestar. A lo mejor con un poema. O con una frase suelta. Natalia Ginzburg escribió un ensayo donde habla de cómo se sentía culpable de no poder explicar la tristeza de la frase “¡Ah, se va Isabel!”, es chistoso porque una novela suya surgió de esa imposibilidad. Y luego un ensayo, y ella se seguía conmoviendo, sintiéndose culpable de no poder decir cómo la imposibilidad del amor se muestra en frases como esa: palabras sencillas que nos salen como sin querer. El hombre que decía, “¡Ah, se va Isabel!”, estaba a punto de despedirse para siempre de Isabel. Estaba enamorado y no se despidió. Lo dijo susurrando para sí mismo. Y se fue Isabel. Dice Natalia que sus personajes nunca se volvieron a ver.
Alguna vez oí que después de suspirar uno termina por sonreír. Desde entonces siempre que alguien suspira espero una sonrisa después. Casi nunca pasa. Suspiras cuando no sabes qué decir, hacer, pensar; cuando notas que la vida no va como quisieras. Es raro, sería como una sonrisa de resignación. Las palabras no solucionan nada, pero pueden darle sentido a las cosas. Confiar que cuando uno dice, Fue una bonita mañana, ella sabrá lo que le digo. Dejar las indicaciones precisas para construir la Atlántida. Dibujar con palabras la huella exacta. Hacer que después del suspiro, surja una sonrisa
Publicado en el n°56 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Vacíos en el mundo
Las cosas que hemos perdido son vacíos en el mundo; sombras que no pueden reclamar el cuerpo de alguien más: grietas que ya no se pueden resanar. Las cosas no dicen nada, uno oye, pero ellas no hablan. No reclaman, ni gritan: no dicen. A veces, otros llegan y les dan un nueva voz, pero algo se pierde siempre. Nadie verá ningún juguete como yo veía mi Donatello de Las Tortugas Ninja. Tampoco nadie volverá a ver las burbujas como aquellos niños, esa mañana en el museo. Nadie volverá a pensar que en una polilla cabe el mundo, tampoco que por esa polilla perdida en una fiesta, mientras chocaba con todos, se hacía un mundo. Todo se pierde, nada se queda.
Dramatizo: todo se acaba pero todo puede volver a ser cada instante. Las burbujas son eternas mientras duran, decía Nietzsche. O no. Nada es lo mismo, pero la vida es tan igual que aburre.
Después de trabajar juntos y ser pareja por más de diez años, Marina Abramovic y Ulay decidieron separarse. Para poner punto final a todo eso, decidieron hacer un último performance: The Great Wall Walk (1988). Ambos caminaron 2.000 km a lo largo de la Muralla China, comenzando cada uno en el extremo opuesto. La acción duró varios días. Todos los que siguieron la acción estaban a la expectativa de lo que sucedería en el momento en que se encontraran. Cuando las caminatas se cruzaron, no se dijeron nada. Ni siquiera se detuvieron. Imagino una mirada de reojo, también la turbación de pasar justo al lado de la persona que amas, pero a la cual ya no sabes cómo seguir amando. Los pasos no se aceleraron, pasaron de largo. Un paso y otro. Siguieron.
No se ignoraron, no se puede ignorar a quien se amó; yo por ejemplo, la veía de reojo siempre: un día, me acuerdo, mientras leía en voz alta, ella peleaba con su suéter, no podía meter su brazo en la manga, yo la veía, no dije nada. La veía. Sigues caminando, como todos, sólo eso. Pasas de largo. Un paso y otro, uno más y después lo mismo que no es lo de siempre pero parece. Caminar, supongo, es lo único que hacemos en la vida.
Volví a pensar en los vacíos del mundo por la novela de Herta Müller, La bestia del corazón. Iba en el metro y leí esto: “Como hacen los objetos que yacen en la calle y pasan desapercibidos cuando pasamos a su lado, aun cuando alguien los ha perdido”. Ella puso objetos y yo sólo veía personas a mí alrededor. Muchas. Demasiadas. Me dio tristeza pensar que todos eran el recuerdo de alguien. O que eran el olvido de alguien más. O que estaban enamorados. U olvidados y enamorados a la vez. O todas las posibles cosas que uno puede ser con los demás; para los otros: con ellos. Me sentí tan pequeño, ciego y sordo. Ajá, me conmovieron todas las historias de vida que nunca sabré. Y me sentí ignorado también. Yo como ellos, soy el olvido de alguien más. Ya no leía, los veía. Luego me desesperé de sentirme así, ridículo y patético por conmoverme con eso. Volví a leer la primera página de la novela, encontré: “Y también se me ocurre que los muertos ya nunca más perderán un botón.” Qué bonito y que triste. Un botón. Me gustaría escribir algo menos obvio, no bonito y triste. No puedo. Bonitos los botones, triste que no habrá más camisas para remedar. A lo mejor la literatura es eso, el botón que uno ya no pierde cuando muere.
Publicado en el n°55 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.
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