Hace ya dos semanas que estoy en el Espacio Infantil de Universum, ¿trabajo? no sé, pero a veces me divierto. A veces viajamos a la luna con cascos y todo, también, buscamos y encontramos los parásitos más comunes que encontramos en casa. A veces salimos al jardín a buscar insectos, liberar mariposas.
Antier encontré en la biblioteca del Espacio: Efraín Huerta para niños el libro está ilustrado por dibujos hechos por niños. Efraín, nació también un 18 de junio pero de 1914...
Ayer, una pregunta que desconcertó, su voz, la de ella diciendo: ¿eres reflexivo verdad? primero un titubeo, la palabra que casi no me gusta musité. Sonrió. Ya después hablamos un poco entorno al constante pensamiento que a veces limita el salto o el cauce; le conté la vez que enclipsado en un extraño dialogo interior choqué con los torniquetes del metro. Al final surgió un recuerdo entorno a un video de Francis Alÿs, ese que se llame If you are a typical spectator, that you really doing i whaithing for the accident to happen ese en donde Alÿs fue envestido por un automovil. Nada grave.
Me da miedo pensar que siempre seré un testigo, aislarme de la realidad y recapacitar cuando sea ya muy tarde. A veces son los autos, a veces no hay impactos, tan sólo una oquedad que no se llena.
domingo, 23 de agosto de 2009
domingo, 2 de agosto de 2009
la luna como ninguna
Justo en la parte superior de mi ventana, las últimas noches la luna se ha puesto a mirarme. Aparece puntual y se queda allí velando, susurrando nubes moradas. Cada noche lamento su elección. A veces quisiera ser un poco más interesante para ella, mostrarle noches épicas llenas de vida, de empeños, de otros; así, para que no se aburra, para que no me deje. A veces con pena le obstruyo la mirada, dispongo las cortinas y enciendo la luz de la habitación, así, imagino, verá tan sólo su retrato callado,constante. Si leo, enciendo mi lampara de escritorio y repliego las cortinas, dejándole libre de intermediarios para mirarme, le veo de reojo cada que cambio de pagina o le doy un pequeño sorbo al café o al té. A veces sin lecturas nos dejamos mirar. Cuando gana la vergüenza o la pereza -esa que me gana tanto últimamente- dejo las cortinas extendidas buscando cubrir tan sinuosa mirada, además enciendo el televisor para olvidar tan constante presencia, no obstante en la madrugada, a tientas, recorro un poco la cortina para ver si aún, impasible, me vela.
Ayer comprendí tan cotidianas visitas mientras por el messenger revisaba mi correo, pues encontré una nota en el mail de L, la cual decía: la luna como ninguna; la luna que me deja en cada mirada, los rostros de esos otros -míos-, que en otros cuartos, en otros paises y en otros mundos, tambien descansan. La luna que mira no para contemplarme sino para dejarme en cada velada el gesto nocturno de aquellos a quien quiero, recordandome que aunque en otro lado, también descansan.
Ya no recorro las cortinas, dejo que la noche suceda ante esos ojos que no ven pero sienten, y me abrazan, me arropan.
Ayer comprendí tan cotidianas visitas mientras por el messenger revisaba mi correo, pues encontré una nota en el mail de L, la cual decía: la luna como ninguna; la luna que me deja en cada mirada, los rostros de esos otros -míos-, que en otros cuartos, en otros paises y en otros mundos, tambien descansan. La luna que mira no para contemplarme sino para dejarme en cada velada el gesto nocturno de aquellos a quien quiero, recordandome que aunque en otro lado, también descansan.
Ya no recorro las cortinas, dejo que la noche suceda ante esos ojos que no ven pero sienten, y me abrazan, me arropan.
miércoles, 29 de julio de 2009
faroles suspendidos
Hoy rumbo a CU la prisa y los taxis. El camión lentísimo que parecía caminar cuando yo necesitaba el vuelo. Odio la prisa, me pone nervioso. Los taxistas, el de ayer y el de hoy al menos, con una amabilidad que desarmaba, así pagar no pesa, bueno, un poco pero no tanto.
Hace unos días, mientras caminábamos por el parque España, de noche a media luz, con los faroles como suspendidos en lo follajes oscuros, profundos, M preguntaba que adjetivo desearía que rijiese mi vida, ella elegiría el de amabilidad, el cual tanto le cuesta y tanto le alegra. No contesté súbitamente, no pude caminaba y sentía el dolor de mi empeine izquierdo por mi mala técnica al correr. Seguimos caminando. Después mientras compartíamos suspiros y palabras de despedida contenidas, no dichas, surgió la respuesta; lentitud.
Alguien en La Habana frente al espejo -no recuerdo quien pero sí el contexto en que surge; la naturaleza lenta del movimiento corporal en danza-le hace ver a Alma Guillermoprieto la lentitud natural, no aquella que fuerza el detenimiento, sino aquella que lo produce, ligera, naturalmente. Como la caída de las hojas en otoño, una lentitud no impuesta sino sensible; no detiene sino crea.
Esto no lo pensé frente a M, sino ahora que yace en otro lado, otro país. Nuestras últimas tardes transparentes que dejaron una lentitud que nos permitió una amistad deslizada en la cual nos dejamos caer, contentos.
Al final en una cafetería mientras hablábamos, su abrazo lanzado, súbito. Yo la recibí, y de nuevo frente a la firmeza de los gestos, las palabras, pertinentes, dejaron suceder el gesto. Con ella allí me quedo en ese abrazo, que aun sigue, que aun nos contiene.
Hoy soñé con el último suspiro compartido con M, ambos caminando en un domingo aletargado, de noche. Esta vez no había faroles supendidos, apenas una espesa niebla. Soñé también con la caminata que hacía después de dejarla en su apartamento, una caminata que surgía no para alrgar el momento sino para difuminarlo, para pensarlo; una extensión que creaba. Soñé con los minutos frescos que deja el caminar, la noche. Desperté tranquilo, suspirando también.
Hace unos días, mientras caminábamos por el parque España, de noche a media luz, con los faroles como suspendidos en lo follajes oscuros, profundos, M preguntaba que adjetivo desearía que rijiese mi vida, ella elegiría el de amabilidad, el cual tanto le cuesta y tanto le alegra. No contesté súbitamente, no pude caminaba y sentía el dolor de mi empeine izquierdo por mi mala técnica al correr. Seguimos caminando. Después mientras compartíamos suspiros y palabras de despedida contenidas, no dichas, surgió la respuesta; lentitud.
Alguien en La Habana frente al espejo -no recuerdo quien pero sí el contexto en que surge; la naturaleza lenta del movimiento corporal en danza-le hace ver a Alma Guillermoprieto la lentitud natural, no aquella que fuerza el detenimiento, sino aquella que lo produce, ligera, naturalmente. Como la caída de las hojas en otoño, una lentitud no impuesta sino sensible; no detiene sino crea.
Esto no lo pensé frente a M, sino ahora que yace en otro lado, otro país. Nuestras últimas tardes transparentes que dejaron una lentitud que nos permitió una amistad deslizada en la cual nos dejamos caer, contentos.
Al final en una cafetería mientras hablábamos, su abrazo lanzado, súbito. Yo la recibí, y de nuevo frente a la firmeza de los gestos, las palabras, pertinentes, dejaron suceder el gesto. Con ella allí me quedo en ese abrazo, que aun sigue, que aun nos contiene.
Hoy soñé con el último suspiro compartido con M, ambos caminando en un domingo aletargado, de noche. Esta vez no había faroles supendidos, apenas una espesa niebla. Soñé también con la caminata que hacía después de dejarla en su apartamento, una caminata que surgía no para alrgar el momento sino para difuminarlo, para pensarlo; una extensión que creaba. Soñé con los minutos frescos que deja el caminar, la noche. Desperté tranquilo, suspirando también.
domingo, 26 de julio de 2009
miércoles, 8 de julio de 2009
huellas
Hace algunos días leía de frente a la ventana de mi habitación que da a una enorme enredadera, alumbrado apenas por mi lampara de escritorio, Al sur de la frontera, al este del sol de Murakami. Libro que me habían regalado -me lo regaló C, mi C discreta y muy querida, junto a Singapur de A. G. Porta, libro en el que ambos, cual novela de Goran Petrovic nos reencontramos- días atrás, un libro por cierto que hace tiempo pude haber leído y nunca leí. Extraña manera en que el libro se acopló a mi vida de aquellos días que aun son estos días, como si hubiese estado esperando el momento preciso para ser leído; como si supiera que su sentido extraliterario surgiría tan sólo en estos días en que mi pasado -cual el eterno retorno- va dejándose caer en retazos que insinúan ese tiempo perdido, muerto.
La novela que no es más que la historia de un hombre que conforme va viviendo se encuentra con el cauce actual de aquel pasado que dejó; la realidad ridícula de los amores de infancia, la soledad y el presente enclaustrado. Esa es una realidad -el rostro actual del pasado-, la otra es el semblante actual -el propio-, ajeno también a eso que fue.
¿En qué pliegue de nosotros van quedando las miradas, las sonrisas,los primeros besos y el rubor con ellos; el primer estremecimiento?
A veces quiero creer que todo eso que hubo ha dejado un rastro invisible en mí, que todo lo pasado me ha cambiado un poco, que cada beso dado mantiene aún rastros de aquellos otros labios, de aquellas miradas recibidas, de aquellas caricias... cuando me miró en el espejo no veo nada, cierro los ojos y allí está todo...
Hace unos días cuando la besaba me sorprendía la forma en que se entrega en cada beso, esa forma que tiene de cerrar los ojos, de dejar de ver y abrirse a la sensación en sí. Recordé todos los rostros con ojos cerrados que he visto en mi vida, en todos trasluce esa entrega y esa confianza. Pocas veces me he entregado como ella -como ellas-, quisiera volver a sentir esa necesidad de cerrar los ojos y no abrirlos, de entregarme a la sensación en sí... aun hay en mi huellas ligeras de aquella vieja sensación de entrega, quisiera volver a vivirla.
Hace algun tiempo le preste un libro a V, en el libro que le presté hay una huella suya apenas perceptible; la parte inferior de la portada luce ligeramente arrugada...conforme recorro es repliegue con la yema de los dedos, pienso en la enseñanza accidental que me ha brindado y la cual no le he dicho: leer es vivir los libros, vivirlos es pasearlos en tardes de lluvia, es dejar que el café deje su rastro en mancha insinuadas, es subrayar y anotar frases rápidas de lo que pasa con ellos; mi libros, al contrario, en su estante lucen incólumes, nuevos, arrogantes; me he dado cuenta que he vivido con recelo mi amor hacia ellos, les he tenido miedo, le he dejado pocas huellas.
Los libros pero también las personas; nos relacionamos temerosamente con ellas, esperando que apenas dejen rastros. Pero conforme pasa el tiempo y llegan las nostalgias, cerramos los ojos en busca de "algo" y apenas nada.
Atesoro el rastro, la grieta, el pliegue que dice aquí estuvo, aquí he estado, aquí estoy. Desde hace ya varias noches, subrayo mis libros.
La novela que no es más que la historia de un hombre que conforme va viviendo se encuentra con el cauce actual de aquel pasado que dejó; la realidad ridícula de los amores de infancia, la soledad y el presente enclaustrado. Esa es una realidad -el rostro actual del pasado-, la otra es el semblante actual -el propio-, ajeno también a eso que fue.
¿En qué pliegue de nosotros van quedando las miradas, las sonrisas,los primeros besos y el rubor con ellos; el primer estremecimiento?
A veces quiero creer que todo eso que hubo ha dejado un rastro invisible en mí, que todo lo pasado me ha cambiado un poco, que cada beso dado mantiene aún rastros de aquellos otros labios, de aquellas miradas recibidas, de aquellas caricias... cuando me miró en el espejo no veo nada, cierro los ojos y allí está todo...
Hace unos días cuando la besaba me sorprendía la forma en que se entrega en cada beso, esa forma que tiene de cerrar los ojos, de dejar de ver y abrirse a la sensación en sí. Recordé todos los rostros con ojos cerrados que he visto en mi vida, en todos trasluce esa entrega y esa confianza. Pocas veces me he entregado como ella -como ellas-, quisiera volver a sentir esa necesidad de cerrar los ojos y no abrirlos, de entregarme a la sensación en sí... aun hay en mi huellas ligeras de aquella vieja sensación de entrega, quisiera volver a vivirla.
Hace algun tiempo le preste un libro a V, en el libro que le presté hay una huella suya apenas perceptible; la parte inferior de la portada luce ligeramente arrugada...conforme recorro es repliegue con la yema de los dedos, pienso en la enseñanza accidental que me ha brindado y la cual no le he dicho: leer es vivir los libros, vivirlos es pasearlos en tardes de lluvia, es dejar que el café deje su rastro en mancha insinuadas, es subrayar y anotar frases rápidas de lo que pasa con ellos; mi libros, al contrario, en su estante lucen incólumes, nuevos, arrogantes; me he dado cuenta que he vivido con recelo mi amor hacia ellos, les he tenido miedo, le he dejado pocas huellas.
Los libros pero también las personas; nos relacionamos temerosamente con ellas, esperando que apenas dejen rastros. Pero conforme pasa el tiempo y llegan las nostalgias, cerramos los ojos en busca de "algo" y apenas nada.
Atesoro el rastro, la grieta, el pliegue que dice aquí estuvo, aquí he estado, aquí estoy. Desde hace ya varias noches, subrayo mis libros.
jueves, 25 de junio de 2009
cauces incontrolables
1. Después del Ingles empezó a llover, O y yo apenas pudimos guarecernos en un puesto de periódicos. Aprovechamos para conversar y así seguir escuchando el tintineo grave que deja la lluvia al caer. O encendió un cigarro mientras yo me distraía con los carros que apenas pasaban por Insurgentes, no deja de sorprenderme como a veces la lluvia suspende el ritmo citadino; la gente desaparece e inclusive el tráfico aminora, para tiempo después, regresar con la intensidad desbordada de los embotellamientos interminables: la lluvia mientras sucede y no se desborda, siempre es un descanso. Cuando la lluvia cesó ya era de noche, me despedí de O y de forma inusual abordé el metrobús -tan sólo 3 estaciones son las que me separan de Buenavista, mismas que siempre recorro caminando.
2. Bajé del metrobús ya en Buenavista y es ahí, donde primero una mirada, después una duda y al final una certeza; era Ella. Su semblante que se fue reconfigurando a cada paso, su rostro que llevaba una ligera mueca de enojo, su cabello el mismo, y su mirada que aún contenía esa vieja imagen de mi primer estancia amorosa. Iba acompañada, su novio supongo -ese gesto de enojo que no se brinda a cualquiera la delataba- quizá y fue eso y no más, lo que me hizo dudar, titubear. ¿Cuántas veces no pasé frente a su casa esperando verla, unos segundos apenas? después de lo meses y los años, la espera que se colapsa ante el momento decisivo; tal vez tanto tiempo hizó que no encontrara un camino apropiado para cauce tan desbordado.
Ella no me reconoció, su gesto ausente -su ensimismamiento compartido- la desprendía de la gente.
3. Reaccioné y yo estaba afuera y ella adentro. Pensé en llamarle, gritarle, decirle A soy yo, soy Erik, ¿te acuerdas?... pensé eso y sentí su reconocimiento, pensé en entrar y saludarla, abrazarla, pensé y reconocí la situación, Ella abordando el metrobús, lléndose de nuevo, mientras la vida con ella, se resurgía en mí.
4. Ya en el metro una sensación distinta, algo lejano a la tristeza pero no tan grande como la felicidad, nostalgia supongo, de eso que tuve y ya no es. Pensé en llamarle, aún recuerdo su teléfono, pensé en buscarle aún recuerdo donde vive, pero la fatalidad de toda búsqueda me hizo desistir. Mi rostro reclinado en la ventana sintiendo Saudades más bien.
5. Ella está viva y yo la busco como sin buscarla. Cada que paso nuevamente por la estación de Buenavista, entreno la mirada, la agudizo, ahora sí, listo para saludarla.
2. Bajé del metrobús ya en Buenavista y es ahí, donde primero una mirada, después una duda y al final una certeza; era Ella. Su semblante que se fue reconfigurando a cada paso, su rostro que llevaba una ligera mueca de enojo, su cabello el mismo, y su mirada que aún contenía esa vieja imagen de mi primer estancia amorosa. Iba acompañada, su novio supongo -ese gesto de enojo que no se brinda a cualquiera la delataba- quizá y fue eso y no más, lo que me hizo dudar, titubear. ¿Cuántas veces no pasé frente a su casa esperando verla, unos segundos apenas? después de lo meses y los años, la espera que se colapsa ante el momento decisivo; tal vez tanto tiempo hizó que no encontrara un camino apropiado para cauce tan desbordado.
Ella no me reconoció, su gesto ausente -su ensimismamiento compartido- la desprendía de la gente.
3. Reaccioné y yo estaba afuera y ella adentro. Pensé en llamarle, gritarle, decirle A soy yo, soy Erik, ¿te acuerdas?... pensé eso y sentí su reconocimiento, pensé en entrar y saludarla, abrazarla, pensé y reconocí la situación, Ella abordando el metrobús, lléndose de nuevo, mientras la vida con ella, se resurgía en mí.
4. Ya en el metro una sensación distinta, algo lejano a la tristeza pero no tan grande como la felicidad, nostalgia supongo, de eso que tuve y ya no es. Pensé en llamarle, aún recuerdo su teléfono, pensé en buscarle aún recuerdo donde vive, pero la fatalidad de toda búsqueda me hizo desistir. Mi rostro reclinado en la ventana sintiendo Saudades más bien.
5. Ella está viva y yo la busco como sin buscarla. Cada que paso nuevamente por la estación de Buenavista, entreno la mirada, la agudizo, ahora sí, listo para saludarla.
lunes, 1 de junio de 2009
lunes, jueves y domingo
1. Es fin de semestre y todos -o casi todos- lucen consumidos por trabajos odiosos que han quedado rezagados: bibliotecas llenas, presiones vanas. Todos tan ocupados que no se preocupan en vivir, todos excepto L que me invita a comer y a sentir. No obstante, la explanada de la Facultad luce un semblante inmejorable; el de la ausencia de su propia plaga -estudiantes dispuestos al sol. Tal vez yo también debería abarrotar la biblioteca, debería repasar libros que no importan y preocuparme por trabajos que no me interesan, formar parte. Pero hoy al ver la explanada vacía ante la tarde nublada decido quedarme fuera un poco más y no pertenecer. Aunque ante la presión parezca que la vida pasa, la humilde verdad -o su símil acaso- es que se desdibuja al hacer aquello que no nos contiene: la verdadera vida es la de todos los días y no la de fin de semestre; esa que aunque se pronuncia fuerte apenas nos habla.
2. En el café que nos ha visto crear las platicas más entrañables L me habla de la sensación que se va creando entorno a su partida; es por ella que he decidido concentrarme en lo que se va aunque no se anuncia; la estética sutil que no grita pero es imprescindible, que nos deja a cada paso y se recrea para volverse a desvanecer. Esa tarde ante el sol que salía y se escondía ante la joven que nos atendía -que en un ayer metafórico era una niña apenas- me doy cuenta que L es, que siempre ha sido mi estética sutil, la más callada.
3. Es domingo y la noche no cae sino se levanta -como tan bien dice Rodrigo Fresan en La velocidad de las cosas, libro el cual sea dicho de paso voy comenzando con intensa simpatía- con algunas gotas de una lluvia que comienza a terminar, leo un poco a la luz del crepúsculo y de la ayuda de una pequeña lámpara recién comprada. La tarde que ya es noche, huele calladamente a tierra mojada, el olor convive por mi ventana abierta a la tarde-noche. Mi cuarto, que da a nuestro pequeño jardín trasero, queda de frente ante una pareja de colibríes que, de un tiempo a esta parte, albergamos con orgullo. De vez en cuando la lectura se suspende y deja que la mirada, también se alze y los veo comer en la fuente llena de granadina y colocada a su disposición , los veo además, corretearse y danzar en una especie de caza juguetona, en un momento casi mágico un colibrí se posa justo enfrente de mi, de mi ventana, lo veo y me siente – me siente lo sé, luce tan cercano; imagen suspendida que dura unos segundos apenas, aunque estoy seguro que ese momento fue más -mucho más- que sólo unos segundos.
Al final la vida va siendo como ese colibrí detenido que se posa frente a nosotros y que con su estética sutil pocas veces alcanzamos a ver.
2. En el café que nos ha visto crear las platicas más entrañables L me habla de la sensación que se va creando entorno a su partida; es por ella que he decidido concentrarme en lo que se va aunque no se anuncia; la estética sutil que no grita pero es imprescindible, que nos deja a cada paso y se recrea para volverse a desvanecer. Esa tarde ante el sol que salía y se escondía ante la joven que nos atendía -que en un ayer metafórico era una niña apenas- me doy cuenta que L es, que siempre ha sido mi estética sutil, la más callada.
3. Es domingo y la noche no cae sino se levanta -como tan bien dice Rodrigo Fresan en La velocidad de las cosas, libro el cual sea dicho de paso voy comenzando con intensa simpatía- con algunas gotas de una lluvia que comienza a terminar, leo un poco a la luz del crepúsculo y de la ayuda de una pequeña lámpara recién comprada. La tarde que ya es noche, huele calladamente a tierra mojada, el olor convive por mi ventana abierta a la tarde-noche. Mi cuarto, que da a nuestro pequeño jardín trasero, queda de frente ante una pareja de colibríes que, de un tiempo a esta parte, albergamos con orgullo. De vez en cuando la lectura se suspende y deja que la mirada, también se alze y los veo comer en la fuente llena de granadina y colocada a su disposición , los veo además, corretearse y danzar en una especie de caza juguetona, en un momento casi mágico un colibrí se posa justo enfrente de mi, de mi ventana, lo veo y me siente – me siente lo sé, luce tan cercano; imagen suspendida que dura unos segundos apenas, aunque estoy seguro que ese momento fue más -mucho más- que sólo unos segundos.
Al final la vida va siendo como ese colibrí detenido que se posa frente a nosotros y que con su estética sutil pocas veces alcanzamos a ver.
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