Hoy, depués de la despedida volví sobre nustros pasos. Ya que no me veía la observé subir el puente, estirar los brazos, caminar. Pensé en correr. En alcanzarla y poner mi mano sobre su hombro, hacer que volteara el rostro. Yo corría mientras la miraba, ahí, sentado
lunes, 28 de septiembre de 2009
domingo, 13 de septiembre de 2009
"la vida es energía"
Hace once minutos comenzó el día; de pequeño no podía concebir que un día comenzara en la oscuridad.
Es de madrugada y hoy no llueve. Extraño el ceseo de lluvia, callada por uniforme, golpeando cada centímetro del domo de la casa. El viernes desperté con una ligera lluvia, adosada por un gris intenso, pesado. Esa mañana una soledad de "sabanas sucias", tristemente, sucias solo de mí.
Hoy, en el UNIVERSUM, un niño de 5 años. Llamemosle Sebastián, quien, ante la pregunta, "¿Qué es la energía?", responde, con un titubeo inicial que después desaparece: "la energía es la vida".
Que es el consuelo sino un soporte, algo que mientras todo cae, bien te aferras y te sostiene. Ayer, mi consuelo que momentaneamente desaparecerá para ser más ella misma. Ante la notica, esa inexplicable sensación de la inmensa felicidad acompasada de una ligera, pero profunda tristeza.
En medio, como dice Wendy Gerra, todos se van.
La vida es energía. Hoy mi energía potencial fue cinética; una larga caminata aunada a una conversación que se prolongo por Metros y paradas. Una I, que aparece como sutil ventana, una ventana que deja entrever tanto. Aún pienso en la tarde, y en la energía; eso que a veces mi vida también, es.
Es de madrugada y hoy no llueve. Extraño el ceseo de lluvia, callada por uniforme, golpeando cada centímetro del domo de la casa. El viernes desperté con una ligera lluvia, adosada por un gris intenso, pesado. Esa mañana una soledad de "sabanas sucias", tristemente, sucias solo de mí.
Hoy, en el UNIVERSUM, un niño de 5 años. Llamemosle Sebastián, quien, ante la pregunta, "¿Qué es la energía?", responde, con un titubeo inicial que después desaparece: "la energía es la vida".
Que es el consuelo sino un soporte, algo que mientras todo cae, bien te aferras y te sostiene. Ayer, mi consuelo que momentaneamente desaparecerá para ser más ella misma. Ante la notica, esa inexplicable sensación de la inmensa felicidad acompasada de una ligera, pero profunda tristeza.
En medio, como dice Wendy Gerra, todos se van.
La vida es energía. Hoy mi energía potencial fue cinética; una larga caminata aunada a una conversación que se prolongo por Metros y paradas. Una I, que aparece como sutil ventana, una ventana que deja entrever tanto. Aún pienso en la tarde, y en la energía; eso que a veces mi vida también, es.
domingo, 23 de agosto de 2009
impactos que no se llenan
Hace ya dos semanas que estoy en el Espacio Infantil de Universum, ¿trabajo? no sé, pero a veces me divierto. A veces viajamos a la luna con cascos y todo, también, buscamos y encontramos los parásitos más comunes que encontramos en casa. A veces salimos al jardín a buscar insectos, liberar mariposas.
Antier encontré en la biblioteca del Espacio: Efraín Huerta para niños el libro está ilustrado por dibujos hechos por niños. Efraín, nació también un 18 de junio pero de 1914...
Ayer, una pregunta que desconcertó, su voz, la de ella diciendo: ¿eres reflexivo verdad? primero un titubeo, la palabra que casi no me gusta musité. Sonrió. Ya después hablamos un poco entorno al constante pensamiento que a veces limita el salto o el cauce; le conté la vez que enclipsado en un extraño dialogo interior choqué con los torniquetes del metro. Al final surgió un recuerdo entorno a un video de Francis Alÿs, ese que se llame If you are a typical spectator, that you really doing i whaithing for the accident to happen ese en donde Alÿs fue envestido por un automovil. Nada grave.
Me da miedo pensar que siempre seré un testigo, aislarme de la realidad y recapacitar cuando sea ya muy tarde. A veces son los autos, a veces no hay impactos, tan sólo una oquedad que no se llena.
Antier encontré en la biblioteca del Espacio: Efraín Huerta para niños el libro está ilustrado por dibujos hechos por niños. Efraín, nació también un 18 de junio pero de 1914...
Ayer, una pregunta que desconcertó, su voz, la de ella diciendo: ¿eres reflexivo verdad? primero un titubeo, la palabra que casi no me gusta musité. Sonrió. Ya después hablamos un poco entorno al constante pensamiento que a veces limita el salto o el cauce; le conté la vez que enclipsado en un extraño dialogo interior choqué con los torniquetes del metro. Al final surgió un recuerdo entorno a un video de Francis Alÿs, ese que se llame If you are a typical spectator, that you really doing i whaithing for the accident to happen ese en donde Alÿs fue envestido por un automovil. Nada grave.
Me da miedo pensar que siempre seré un testigo, aislarme de la realidad y recapacitar cuando sea ya muy tarde. A veces son los autos, a veces no hay impactos, tan sólo una oquedad que no se llena.
domingo, 2 de agosto de 2009
la luna como ninguna
Justo en la parte superior de mi ventana, las últimas noches la luna se ha puesto a mirarme. Aparece puntual y se queda allí velando, susurrando nubes moradas. Cada noche lamento su elección. A veces quisiera ser un poco más interesante para ella, mostrarle noches épicas llenas de vida, de empeños, de otros; así, para que no se aburra, para que no me deje. A veces con pena le obstruyo la mirada, dispongo las cortinas y enciendo la luz de la habitación, así, imagino, verá tan sólo su retrato callado,constante. Si leo, enciendo mi lampara de escritorio y repliego las cortinas, dejándole libre de intermediarios para mirarme, le veo de reojo cada que cambio de pagina o le doy un pequeño sorbo al café o al té. A veces sin lecturas nos dejamos mirar. Cuando gana la vergüenza o la pereza -esa que me gana tanto últimamente- dejo las cortinas extendidas buscando cubrir tan sinuosa mirada, además enciendo el televisor para olvidar tan constante presencia, no obstante en la madrugada, a tientas, recorro un poco la cortina para ver si aún, impasible, me vela.
Ayer comprendí tan cotidianas visitas mientras por el messenger revisaba mi correo, pues encontré una nota en el mail de L, la cual decía: la luna como ninguna; la luna que me deja en cada mirada, los rostros de esos otros -míos-, que en otros cuartos, en otros paises y en otros mundos, tambien descansan. La luna que mira no para contemplarme sino para dejarme en cada velada el gesto nocturno de aquellos a quien quiero, recordandome que aunque en otro lado, también descansan.
Ya no recorro las cortinas, dejo que la noche suceda ante esos ojos que no ven pero sienten, y me abrazan, me arropan.
Ayer comprendí tan cotidianas visitas mientras por el messenger revisaba mi correo, pues encontré una nota en el mail de L, la cual decía: la luna como ninguna; la luna que me deja en cada mirada, los rostros de esos otros -míos-, que en otros cuartos, en otros paises y en otros mundos, tambien descansan. La luna que mira no para contemplarme sino para dejarme en cada velada el gesto nocturno de aquellos a quien quiero, recordandome que aunque en otro lado, también descansan.
Ya no recorro las cortinas, dejo que la noche suceda ante esos ojos que no ven pero sienten, y me abrazan, me arropan.
miércoles, 29 de julio de 2009
faroles suspendidos
Hoy rumbo a CU la prisa y los taxis. El camión lentísimo que parecía caminar cuando yo necesitaba el vuelo. Odio la prisa, me pone nervioso. Los taxistas, el de ayer y el de hoy al menos, con una amabilidad que desarmaba, así pagar no pesa, bueno, un poco pero no tanto.
Hace unos días, mientras caminábamos por el parque España, de noche a media luz, con los faroles como suspendidos en lo follajes oscuros, profundos, M preguntaba que adjetivo desearía que rijiese mi vida, ella elegiría el de amabilidad, el cual tanto le cuesta y tanto le alegra. No contesté súbitamente, no pude caminaba y sentía el dolor de mi empeine izquierdo por mi mala técnica al correr. Seguimos caminando. Después mientras compartíamos suspiros y palabras de despedida contenidas, no dichas, surgió la respuesta; lentitud.
Alguien en La Habana frente al espejo -no recuerdo quien pero sí el contexto en que surge; la naturaleza lenta del movimiento corporal en danza-le hace ver a Alma Guillermoprieto la lentitud natural, no aquella que fuerza el detenimiento, sino aquella que lo produce, ligera, naturalmente. Como la caída de las hojas en otoño, una lentitud no impuesta sino sensible; no detiene sino crea.
Esto no lo pensé frente a M, sino ahora que yace en otro lado, otro país. Nuestras últimas tardes transparentes que dejaron una lentitud que nos permitió una amistad deslizada en la cual nos dejamos caer, contentos.
Al final en una cafetería mientras hablábamos, su abrazo lanzado, súbito. Yo la recibí, y de nuevo frente a la firmeza de los gestos, las palabras, pertinentes, dejaron suceder el gesto. Con ella allí me quedo en ese abrazo, que aun sigue, que aun nos contiene.
Hoy soñé con el último suspiro compartido con M, ambos caminando en un domingo aletargado, de noche. Esta vez no había faroles supendidos, apenas una espesa niebla. Soñé también con la caminata que hacía después de dejarla en su apartamento, una caminata que surgía no para alrgar el momento sino para difuminarlo, para pensarlo; una extensión que creaba. Soñé con los minutos frescos que deja el caminar, la noche. Desperté tranquilo, suspirando también.
Hace unos días, mientras caminábamos por el parque España, de noche a media luz, con los faroles como suspendidos en lo follajes oscuros, profundos, M preguntaba que adjetivo desearía que rijiese mi vida, ella elegiría el de amabilidad, el cual tanto le cuesta y tanto le alegra. No contesté súbitamente, no pude caminaba y sentía el dolor de mi empeine izquierdo por mi mala técnica al correr. Seguimos caminando. Después mientras compartíamos suspiros y palabras de despedida contenidas, no dichas, surgió la respuesta; lentitud.
Alguien en La Habana frente al espejo -no recuerdo quien pero sí el contexto en que surge; la naturaleza lenta del movimiento corporal en danza-le hace ver a Alma Guillermoprieto la lentitud natural, no aquella que fuerza el detenimiento, sino aquella que lo produce, ligera, naturalmente. Como la caída de las hojas en otoño, una lentitud no impuesta sino sensible; no detiene sino crea.
Esto no lo pensé frente a M, sino ahora que yace en otro lado, otro país. Nuestras últimas tardes transparentes que dejaron una lentitud que nos permitió una amistad deslizada en la cual nos dejamos caer, contentos.
Al final en una cafetería mientras hablábamos, su abrazo lanzado, súbito. Yo la recibí, y de nuevo frente a la firmeza de los gestos, las palabras, pertinentes, dejaron suceder el gesto. Con ella allí me quedo en ese abrazo, que aun sigue, que aun nos contiene.
Hoy soñé con el último suspiro compartido con M, ambos caminando en un domingo aletargado, de noche. Esta vez no había faroles supendidos, apenas una espesa niebla. Soñé también con la caminata que hacía después de dejarla en su apartamento, una caminata que surgía no para alrgar el momento sino para difuminarlo, para pensarlo; una extensión que creaba. Soñé con los minutos frescos que deja el caminar, la noche. Desperté tranquilo, suspirando también.
domingo, 26 de julio de 2009
miércoles, 8 de julio de 2009
huellas
Hace algunos días leía de frente a la ventana de mi habitación que da a una enorme enredadera, alumbrado apenas por mi lampara de escritorio, Al sur de la frontera, al este del sol de Murakami. Libro que me habían regalado -me lo regaló C, mi C discreta y muy querida, junto a Singapur de A. G. Porta, libro en el que ambos, cual novela de Goran Petrovic nos reencontramos- días atrás, un libro por cierto que hace tiempo pude haber leído y nunca leí. Extraña manera en que el libro se acopló a mi vida de aquellos días que aun son estos días, como si hubiese estado esperando el momento preciso para ser leído; como si supiera que su sentido extraliterario surgiría tan sólo en estos días en que mi pasado -cual el eterno retorno- va dejándose caer en retazos que insinúan ese tiempo perdido, muerto.
La novela que no es más que la historia de un hombre que conforme va viviendo se encuentra con el cauce actual de aquel pasado que dejó; la realidad ridícula de los amores de infancia, la soledad y el presente enclaustrado. Esa es una realidad -el rostro actual del pasado-, la otra es el semblante actual -el propio-, ajeno también a eso que fue.
¿En qué pliegue de nosotros van quedando las miradas, las sonrisas,los primeros besos y el rubor con ellos; el primer estremecimiento?
A veces quiero creer que todo eso que hubo ha dejado un rastro invisible en mí, que todo lo pasado me ha cambiado un poco, que cada beso dado mantiene aún rastros de aquellos otros labios, de aquellas miradas recibidas, de aquellas caricias... cuando me miró en el espejo no veo nada, cierro los ojos y allí está todo...
Hace unos días cuando la besaba me sorprendía la forma en que se entrega en cada beso, esa forma que tiene de cerrar los ojos, de dejar de ver y abrirse a la sensación en sí. Recordé todos los rostros con ojos cerrados que he visto en mi vida, en todos trasluce esa entrega y esa confianza. Pocas veces me he entregado como ella -como ellas-, quisiera volver a sentir esa necesidad de cerrar los ojos y no abrirlos, de entregarme a la sensación en sí... aun hay en mi huellas ligeras de aquella vieja sensación de entrega, quisiera volver a vivirla.
Hace algun tiempo le preste un libro a V, en el libro que le presté hay una huella suya apenas perceptible; la parte inferior de la portada luce ligeramente arrugada...conforme recorro es repliegue con la yema de los dedos, pienso en la enseñanza accidental que me ha brindado y la cual no le he dicho: leer es vivir los libros, vivirlos es pasearlos en tardes de lluvia, es dejar que el café deje su rastro en mancha insinuadas, es subrayar y anotar frases rápidas de lo que pasa con ellos; mi libros, al contrario, en su estante lucen incólumes, nuevos, arrogantes; me he dado cuenta que he vivido con recelo mi amor hacia ellos, les he tenido miedo, le he dejado pocas huellas.
Los libros pero también las personas; nos relacionamos temerosamente con ellas, esperando que apenas dejen rastros. Pero conforme pasa el tiempo y llegan las nostalgias, cerramos los ojos en busca de "algo" y apenas nada.
Atesoro el rastro, la grieta, el pliegue que dice aquí estuvo, aquí he estado, aquí estoy. Desde hace ya varias noches, subrayo mis libros.
La novela que no es más que la historia de un hombre que conforme va viviendo se encuentra con el cauce actual de aquel pasado que dejó; la realidad ridícula de los amores de infancia, la soledad y el presente enclaustrado. Esa es una realidad -el rostro actual del pasado-, la otra es el semblante actual -el propio-, ajeno también a eso que fue.
¿En qué pliegue de nosotros van quedando las miradas, las sonrisas,los primeros besos y el rubor con ellos; el primer estremecimiento?
A veces quiero creer que todo eso que hubo ha dejado un rastro invisible en mí, que todo lo pasado me ha cambiado un poco, que cada beso dado mantiene aún rastros de aquellos otros labios, de aquellas miradas recibidas, de aquellas caricias... cuando me miró en el espejo no veo nada, cierro los ojos y allí está todo...
Hace unos días cuando la besaba me sorprendía la forma en que se entrega en cada beso, esa forma que tiene de cerrar los ojos, de dejar de ver y abrirse a la sensación en sí. Recordé todos los rostros con ojos cerrados que he visto en mi vida, en todos trasluce esa entrega y esa confianza. Pocas veces me he entregado como ella -como ellas-, quisiera volver a sentir esa necesidad de cerrar los ojos y no abrirlos, de entregarme a la sensación en sí... aun hay en mi huellas ligeras de aquella vieja sensación de entrega, quisiera volver a vivirla.
Hace algun tiempo le preste un libro a V, en el libro que le presté hay una huella suya apenas perceptible; la parte inferior de la portada luce ligeramente arrugada...conforme recorro es repliegue con la yema de los dedos, pienso en la enseñanza accidental que me ha brindado y la cual no le he dicho: leer es vivir los libros, vivirlos es pasearlos en tardes de lluvia, es dejar que el café deje su rastro en mancha insinuadas, es subrayar y anotar frases rápidas de lo que pasa con ellos; mi libros, al contrario, en su estante lucen incólumes, nuevos, arrogantes; me he dado cuenta que he vivido con recelo mi amor hacia ellos, les he tenido miedo, le he dejado pocas huellas.
Los libros pero también las personas; nos relacionamos temerosamente con ellas, esperando que apenas dejen rastros. Pero conforme pasa el tiempo y llegan las nostalgias, cerramos los ojos en busca de "algo" y apenas nada.
Atesoro el rastro, la grieta, el pliegue que dice aquí estuvo, aquí he estado, aquí estoy. Desde hace ya varias noches, subrayo mis libros.
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