miércoles, 18 de mayo de 2011

"En las novelas hay más rabia, más bilis, más ternura, más saliva" (Entrevista con Valeria Luiselli)

Más tiempo, decía Juan Ramón Jiménez, no es más eternidad. Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) bien podría ser la demostración de aquellas palabras del poeta español, con apenas dos libros publicados nos demuestra que más páginas y más edad, tampoco son más eternidad. Si con Papeles falsos (Sexto piso, 2010) vino a revitalizar la tradición del ensayo literario, con su novela Los ingrávidos (Sexto piso 2011) Valeria alza discretamente la mano, para posicionarse en las planas mayores de la literatura contemporánea. Así, sin aspavientos ni presunciones, pero  con una amable sonrisa en el rostro, la también guionista de ballet (Su obra Estancias, fue montada por el NYC Ballet) y colaboradora habitual de Letras Libres, accedió a la realización de una entrevista con motivo de la reciente  publicación de su novela.

A casi un año de publicar tu primer libro, después de las elogiosas lecturas que tuvo -pienso en Christopher Domínguez, Margo Glantz, David Miklos o el chileno Alejandro Zambra-,  y ahora con tu nuevo libro, que ya tiene contratos para ser traducido a varios idiomas el próximo año,  ¿Cómo te sientes? ¿Alguna vez imaginaste que tus libros serían recibidos de tal manera?
VL: Supongo que uno nunca calcula qué puede pasar con un libro –y menos mal. Para nosotros –para Sexto Piso y para mí, quiero decir— fue muy sorprendente la reacción de los lectores de Papeles falsos. Nuestra experiencia con ese libro, de algún modo, derrumbó el mito editorial de que en México nadie lee ensayo literario. Pudimos concluir, tras un año de que Papeles falsos estuviera en circulación, que al menos 25 personas en México sí leen ensayo literario. Nos pasó algo similar con la novela, pero a mayor escala y fuera de México. Antes de que saliera en español, la habían contratado en otras 7 lenguas –una de ellas, hebreo, lo cual no me deja de resultar fascinante. Creo que los editores de SP han hecho un trabajo impresionante y que hemos encontrado un equilibrio muy afortunado.

Tu primer libro te llevó alrededor de tres años.  ¿Cómo fueron los tiempos de escritura de Los ingrávidos? ¿Cómo fue el proceso de escritura?
VL: Empecé Los ingrávidos hace más o menos tres años, sin haber terminado Papeles falsos. Pero, durante bastante tiempo, el proceso de escritura fue lento y muy espaciado. Aborté varios intentos, abandoné varios borradores. Pero llegado cierto momento, cuando encontré al fin el tono exacto que estaba buscando, todo empezó a suceder a una velocidad vertiginosa. Pude trabajar diario, muchas horas al día, durante un año completo. Pero me costó encontrar el tono –y creo que ahí, y no tanto en la trama ni en la construcción los personajes, está la clave para que las cosas fluyan.

En Papeles falsos  está  discretamente presente el fantasma literario de Joseph Brodsky. En Los ingrávidos tiene una presencia más obvia el de Gilberto Owen. Dos fantasmas desterrados. Hace algunos años vivías en Nueva York, muy cerca del edificio donde vivió Owen, ¿Cuándo conoces al fantasma de Owen?
VL: No recuerdo cuando leí por primera vez a Owen, pero recuerdo que hace como tres años lo leí completo y con suma atención –su trabajo narrativo, poemas, artículos y cartas-. En algún momento leí una carta de Owen a Villaurrutia en donde Owen describía su cuarto en Harlem y le daba a su amigo sus coordenadas: “Vivo en Morningside Av. No. 63. En la ventana derecha hay una maceta que parece una lámpara. Tiene redondas llamas verdes...” Yo vivía a sólo algunas cuadras de ahí, así que decidí visitar el lugar. Para no hacer el cuento largo: terminé en la azotea del viejo edificio de Owen. Ahí encontré una planta en una “maceta que parecía una lámpara”, como la que describía Owen en su carta. La maceta –era claro—la habían abandonado, así que decidí llevármela a casa. No era del todo un robo, porque la maceta no parecía tener dueño y la planta que sostenía estaba semimuerta: estaría mejor conmigo en casa que arrumbada en esa azotea. Coloqué la planta junto al escritorio donde trabajaba y pasaba casi todas las horas de mis días. Desde entonces  sentía una compañía constante, se me aparecía el fantasma de Owen en todas  partes. Tenía que escribir una novela para hacer algo con ese fantasma.

¿Sigues subiendo a las azoteas de edificios que no conoces?
VL.: A veces, pero no tanto como antes. Ahora mis paseos son al zoológico, a los juegos de los parques, y a las albercas de pelotitas. Pronto, ni modo, me van a empezar a exigir ir a Six Flags, La Ciudad de los Niños y otros infiernos parecidos. Me gusta de las azoteas la distancia, poder ver las cosas en miniatura. Si fuera chaparrita te diría que me gustan porque me hacen sentir más alta que los demás. No soy chaparra, pero cuando me siento atribulada, la altura de las azoteas sí me ayuda a poner las cosas en perspectiva, a no sentir que todo me rebasa. Las azoteas están a medio camino entre la perspectiva del avión y la del peatón: tienen la atura exacta para despistarse un rato de uno mismo sin abandonar del todo su pertenencia al mundo inmediato de allá abajo.

Vivian Abenshsushan ha dicho que tu escritura se desarrolla como “una bitácora de los huecos”. ¿Qué piensas al respecto?
VL: Pienso que ojalá todos los lectores fueran como Vivian Abenshushan.

Has dicho, algunas  veces, que es importante que el escritor sepa dónde está parado. ¿Cómo ha sido estar parada  en dos géneros distintos, cuales son las similitudes y las diferencias que ves entre ambos?
VL: Se ha dicho mucho de Papeles falsos que no es un libro de ensayos, sino una novela en clave, una serie de cuentos disfrazados de ensayos, etc. Mario Bellatin dice que es un libro de textos, así nomás. Yo ya no sé qué sea. Pero sí sé que, mientras escribía el libro, estaba segura de estar escribiendo un libro de ensayos y que estaba tratando de dialogar con cierta tradición de ensayistas. A lo que voy es que me parece importante que un escritor sepa (o crea saber) cuáles son las reglas del juego que quiere jugar. Después, por supuesto, puede subvertirlas, pero tiene que conocerlas.      Los ingrávidos, hasta donde yo sé, es una novela –aunque no me sorprendería que luego resulte que es un libro de ensayos. Y sí, hubo diferencias abismales en el proceso de escritura de este libro respecto del primero. Las novelas sí se escriben como con otros órganos corporales que no están involucrados en la escritura de ensayos. Hay más rabia, más bilis, más ternura, más saliva.

¿Trabajas actualmente en algún proyecto literario? ¿Sobre qué?
VL: Traducciones, cuentos, artículos –business as usual, como dicen. Quiero volver a escribir para danza y sé que pronto tengo que empezar otro libro, posiblemente una novela, porque si no me tiro de un puente. Desde hace tiempo, mi pareja y yo tenemos el proyecto de escribir una serie de “ensayos epistolares” sobre la maternidad y la paternidad desde un punto de vista, digamos, más literario que el que se suele adoptar cuando se escribe sobre ese tema. Pero hasta ahora llevamos como cinco páginas.

Desde hace mucho el panorama literario  se ha descentralizado de la capital del país, en  Monterrey se hace La tempestad, la editorial Almadía y la revista Numero 0 suceden desde Oaxaca, Sexto piso tiene un pie en el D.F. y otro en España ¿cómo ves las vitalidad del panorama  literario y editorial en México?
VL: No sé qué decirte. El editor en jefe de La Tempestad vive en el DF; los editores de Almadía también, varios de Número O, idem; y en SP España sólo se publica lo que se publica en el DF. Pero, por supuesto, suceden muchísmas cosas muy interesantes fuera de la ciudad de México. En Tijuana, Monterrey, Puebla o Guadalajara, por ejemplo. Tener que enunciarlo es, incluso, un poco absurdo. Pero tal vez aún falta un rato para que podamos decir que, en efecto, éste es un panorama editorial plenamente descentralizado.

Tienes razón, supongo que fue más un deseo que una pregunta. Pero bueno, a parte de escritores desterrados, ¿qué  lees actualmente?
VL: Leo poesía y ensayo más que narrativa. Los poetas modernistas anglosajones conforman, tal vez, la constelación de escritores que más me interesa. Pero también leo mucho a autores latinoamericanos contemporáneos. Me interesa el trabajo de Alejandro Zambra o de la joven argentina Inés Acevedo (tiene un libro maravilloso que se llama Una idea genial). Desde hace algunos años estoy leyendo, cada que logro conseguir uno, los libros del uruguayo Mario Levrero. Pensándolo bien, tal vez sí leo bastante narrativa.

Hay algo muy bonito que dice Claudio Magris sobre la  literatura, “que puede que ésta tenga un lugar en el mundo como las hojas de los árboles”. En tu vida ¿cuál sería ese lugar?
VL: ¿Hmm?

Publicado en el número 43 de aQROpolis. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

el mundo entre mirlos y notas periodísticas

1. Desconfío de cualquier día internacional. Conmemoración tras conmemoración enmarcamos todo en una fecha que aspira al olvido.  Institucionalizamos  cualquier cosa por  miedo a perderlo todo, inclusive dice Claudio Magris que  anotar en un cuaderno la dirección de una calle o el recuerdo del día, está emparentado con el miedo al olvido. No sabemos, no imaginamos, que así lo perdemos todo más rápido: hacemos una cripta de aquello que debería vivir por sí solo. El 23 de abril fue, según la UNESCO, día internacional  del libro. Ese día murió Cervantes y Shakespeare.  Recuerdo la fecha no por las rosas que dieron en la Universidad (que este año adelanto el festejo por la pascua) sino porque el  de 23 de abril es el cumpleaños de la niña de la cual me enamoré en la secundaria.  Hace años que no la veo. No mentiría si dijera que es del único cumpleaños del que me acuerdo. La verdad es que los cumpleaños me dan cualquier cosa, pero esa fecha, ahí quedó, como una nota que no se pierde.  Hace dos años también en ese día, fue cuando se declaró la emergencia sanitaria de la influenza, entre fechas olvidadas y anotadas vamos viviendo día a día.

2. Los periódicos son un inventario de fechas pérdidas. Acumulan historias y olvidos; reproducen y matizan la lógica del tiempo: esa donde todo tiene un ayer y un mañana.  Más que fechas, ordenan y nombran la tragedia.  Dicen que los periódicos están condenados a desaparecer en este siglo XXI. Ojalá y no.  Hay en los periódicos no sólo una cultura de lo escrito sino también una manera única de expresión. Ante el mar de notas que navegan en la web (un mar que nunca cesa), en los periódicos por un momento, se ordena el mundo.  Se dirá que lo mismo puede hacer desde la versión online, pero en internet las notas viven aisladas -aún de los hipervínculos que manejan -, se muestran en pantalla como únicas. Internet es un mundo dónde uno sólo encuentra lo que quiere.  En los periódicos, en cambio hay una materialidad concreta donde las noticias habitan un espacio común. En un periódico, más que imágenes,  caben las historias escritas que nombran la ausencia. 

3. Por una casualidad de papel  y de conmemoraciones oficiales,  leí La Suave Patria de Ramón López  Velarde. Salió impreso  en las páginas de cultura de los periódicos por ser día internacional del libro y por ser el noventa aniversario de la publicación del poema.  El poema apareció originalmente el 24 de abril de 1921 en la revista El maestro  de José Vasconcelos. Hubo un tiempo en que toda la niñez mexicana se supo La suave patria de memoria. Venía en los libros de texto y se recitaba como mantra. No hay mejor forma de matar un poema. Eran los tiempos del priismo, ellos  supieron crear el olvido oficializando todo precisamente; en su nombre y en la prédica institucionalizaron la revolución, también con ella, la  novela de la revolución y el muralismo mexicano. Ya nadie lee por gusto a Mariano Azuela, aunque la verdad nadie lea nunca nada. Borges también se sabía La suave patria de memoria. Pero en él, el poema no era olvido.  Contaba Octavio Paz que una vez el propio Borges le recitó un fragmento del poema de Velarde,  y acto seguido,  le preguntó, “A qué sabe el agua de chía”,  Paz, en una afortunada y lacónica respuesta, le dijo, “sabe a tierra”.

4. El día de hoy no  se encontraron más narcofosas pero hubo más muertos. Hay gente que sigue esperando encontrar a las personas que quiere y siguen desaparecidas.  Javier Sicilia sigue acampando en Cuernavaca afuera del palacio de gobierno. Las noticias de México  van siendo las mismas desde hace algunos años. Lo que va cambiando son las cifras y los nombres, hace dos años decíamos 20 mil muertos, ahora ya casi llegamos  a  los 40 mil.  Todos los días es lo mismo. Despertarse, acomodarse el cabello. Ir por los periódicos. Recordar cuando iba en bicicleta. Jurar, como desde hace dos años, que ya compraré otra. Regresar a casa. Preparar el café. Hojear  primero.  Regresar después, a las notas que llamaron la atención.

5. Todos son los mismos, pero unos se van muriendo mientras que otros empiezan a asomar discretamente.  La semana pasada murió Gonzalo Rojas. No se aprobó la reforma laboral ni la de seguridad nacional. El almirante Wilfrido Robledo ha renunciado a su cargo en la AFI. Todo más o menos igual. En otra página, discreta, aparece la poeta cubana  Fina García Marruz a quien  le dieron el premio Reina Sofía. Entre las notas de actualidad se cuela la poesía, entonces unos versos suyos: “Yo veía desde el cuarto interior, ropa tendida/ y escribía: los mirlos pasan cantando”.

6. En un periódico se hace inventario de la tragedia cotidiana. A veces en vez de ver las mismas notas como ropa tendida desde el cuarto interior, aparecen  notas como mirlos que cantan. Un día es la suave patria, otras tantas,  es una nota que dice, murió Ernesto Sabato, tenía 99 años.  

Publicado originalmente, en  el n° 42 de aQROpolis

domingo, 1 de mayo de 2011

los textos, las adaptaciones y el arte como expresión de sí misma

1. Imaginemos escuchar unos versos de García Lorca que ya no son poema sino frases sueltas: “He descubierto que las cosas/ cuando buscan su curso encuentran su vacío”, los versos ya no son de Poeta en Nueva York sino el epígrafe de Hitler en el corazón del dramaturgo mexicano Noé Morales Muñoz (D.F, 1977). El epígrafe sirve entonces como detonante para iniciar una lectura. Imaginemos también, ir leyendo en un autobús mientras la ciudad va olvidando un rostro por la ventana, llueve en primavera. Entonces sucede una frase: "Sé que voy a añorarte, quieres decir, sé que lamentaré tu lejanía como pocas cosas, pero no me dolerán los huesos porque ya me duelen ahora y no puedo explicar por qué". Imaginemos entonces una revelación: los textos de los libros se intercalan en la vida como ventanas que llueven en primavera.

2. Las frases de un libro sólo sirven para leerse. Lo que pasa en un texto sólo sucede entre líneas; ni Flaubert era Madame Bovary como él quiso creer en su vejez, ni la literatura es la verdad de las mentiras como cursimente dice Vargas Llosa. Lo que pasa en un texto sucede para irse siguiendo entre párrafos y hojas numeradas; entre la tipografía y los espacios de la hoja en blanco. No sólo una historia, sino la forma en se escribe esa historia. No personas sino palabras que son nombres; sucesos que pasan dentro los márgenes de la hoja.

3. “Yo no invento lo que escribo, a mí me sucede, más bien” dijo el escritor mexicano Mario Bellatin en una entrevista. Aunque el hombre del garfio en la mano, no se refería a que su narrativa sea una colecta de anécdotas que jueguen a intentar explicar su vida. Su apuesta literaria más bien, es una búsqueda de reflejar al acto mismo de escribir; registrar lo que sucede mientras se escribe; las palabras que se van creando como cauce natural que el escritor, algunas veces dirige y otras tantas, impide. El mismo Bellatin ha dicho que su obra juega a ser una autobiografía. El perfil que busca insinuar no obstante, no es el del hombre que escribe sino el de la escritura encarnada; ese donde las palabras dicen de la escritura lo que sucede cuando se escribe. No antes. No después.

4. A los libros siempre se les quiere ver con un tufo de superioridad moral, de ejemplaridad idónea, como si los libros hicieran lo que la realidad no puede: hacernos mejores personas. Tal vez por eso nadie lee, porque hay una creencia de que los libros dan lecciones en vez de vicios. El ensayista mexicano Heriberto Yépez, relaciona ese culto al libro, con el imaginario secular del libro fundacional de Occidente: La biblia. Ésta vindicación moral de los libros oculta una verdad obvia: que la literatura es apenas un medio; una forma de pronunciarse: una expresión.

5. El filósofo italiano Giorgio Colli, escribió que el arte “es una expresión que se representa a sí misma”. No transmite, ni quiere decir: ella misma es todo lo que puede ser. Un soliloquio nihilista (no fue casualidad que el propio Colli haya traducido y editado las obras completas de Nietzsche al italiano). Un soliloquio que no produce certezas sino que va erigiendo grietas por todos lados. El arte como expresión siempre es más una fuga que un camino; “el arte, decía el escritor austriaco Thomas Bernhard, no sirve para nada, pero es precisamente por esa descarada inutilidad, que me inquieta tanto.”

6. Las adaptaciones no existen. Lo que existe son reinterpretaciones de los textos; una nueva creación del texto con la lógica del medio donde se pretende aterrizar. Por eso fallan algunas “adaptaciones” porque quieren que funcioné en una secuencia visual lo mismo que en un texto. Tal vez suceda lo mismo en el teatro, el texto dramatúrgico encarna una verdadera escenificación cuando el texto mismo se vuelve invisible, no porque el texto se olvide sino porque el texto se vuelve un gesto más, lo mismo que el vestuario y la escenografía; que la dirección de escena y la producción; una sincronía de actos que adquieren visibilidad en su conjunto.

7. Hace una semana fui a ver la puesta en escena Hitler en el corazón. El montaje tuvo la dirección de su propio autor, lo cual le dio la posibilidad de hacer invisible su propio texto. Tarea difícil porque el texto es notable, de una sonoridad intensa que se escucha mientras se lee. El año pasado el texto se publicó en la colección Teatro emergente de Ediciones El Milagro. Lo que Morales Muñoz parece entender muy bien es la lógica de la diferencia entre las expresiones artísticas: por un lado su texto como libro es un texto que merece ser leído, no porque el futuro lector vaya a ser un director de escena sino por la fuerza expresiva que mantiene; por el otro lado el montaje creció más allá del texto mismo, los diálogos que se dicen en escena no son los que él autor escribió sino las reinterpretaciones que los mismos actores hicieron de sus diálogos. Un guion escrito para ser leído y una obra de teatro que necesita ser vivida.

8. El verdadero texto encarnado no es el que se aprende sino el que se siente; no las palabras de otro, sino las propias palabras a partir de ese otro. No leer esperando que las historias pasen, sino porque se precisa simplemente.


Publicado originalmente en el N° 41 de aQROpolis.

jueves, 14 de abril de 2011

malerba, tlalpan y las palabras que no se olvidan

1. Hace unos días saqué de la biblioteca El descubrimiento del alfabeto del escritor italiano Luigi Malerba (1927-2008). No había leído nada de éste autor antes, pero la sonoridad de su nombre se me quedó en la mente desde que lo vi escrito por Sergio Pitol en El mago de Viena. No recuerdo bien a bien lo que Pitol escribía de él, pero las palabras que forman su nombre se me quedaron sin que lo notara. La memoria luce a veces como un desván: uno guarda objetos por acumulación, sin darse cuenta; resplandecen un momento y ya después se van apilando tantas cosas; un día damos con el de nuevo por otra casualidad, así nos damos cuenta que no estaba perdido sino casi olvidado. Esto yo no lo sabía hasta que caminando por los pasillos de literatura italiana me encontré de nuevo, esas dos palabras: Luigi Malerba. Haría falta escribir una historia de las palabras que se nos quedan por la simple manera de como lucen escritas y de como para nuestros adentros las pronunciamos.


2. Hace ya dos años creo de aquella noche. Era la primera vez que iba al centro de Tlalpan. Era de noche e íbamos los tres juntos. Entramos a algún café a platicar de cualquier cosa. Ella hablaba de su pasado en ese vecindario; nos mostró los lugares donde trabajó, nos contó de aquellas personas que, ahí también, conoció. Él hablo de su pasado en Cuernavaca, de cuando estudió la preparatoria allá. Yo los escuchaba y no quería que callaran, supongo que eso es lo que permiten las noches, ese hablar como sin destino que se va volviendo una espiral de recuerdos y anhelos. Entonces salió el nombre de Javier Sicilia, le acababan de dar el Premio de Poesía Aguascalientes. Él dijo que lo conocía. O más bien que lo había tratado, al que conocía de verdad era a Juan Francisco, el hijo. Habían ido juntos en la prepa. A veces, dijo Él, llegábamos a su casa y ahí estaba su papá, siempre escribiendo, un artículo o un poema, nunca supe, pero siempre de muy buen humor, desde aquellos años me gusta leerlo, los recuerdos de aquellas tardes a veces vuelven cuando lo leo. Ahora Ellos están en Holanda. Yo sigo leyendo a Javier y aunque hable de cualquier cosa yo siempre pienso en esa noche en Tlalpan.


3. El primer relato del libro de Malerba trata de cómo el viejo campesino Albanelli descubre el alfabeto por la ayuda de un niño de once años. El niño trata de enseñarle primero el abecedario completo pero el hombre se da cuenta del orden arbitrario del mismo, por qué después de la A tiene que ir la B, y luego las C, no hay ningún sentido. El niño sin saber muy bien que contestar le dice que por comodidad. El campesino refunfuña y le pide, mejor, que le enseñe a escribir su nombre pues no le hace ninguna gracia tener que poner una X ahí donde dicen, va su firma. Eso fue lo primero que pudo leer y escribir, su nombre, esas palabras que desde niño siempre llevo. Fue así, que en un papel por fin se pudo ver de lejos.


4. El viejo y el niño se hicieron amigos y después del alfabeto empezaron a escribir juntos un montón de palabras: El viejo puso tanto entusiasmo que soñaba con ellas por la noche, palabras escritas en libros, en las paredes, en el cielo, grandes y resplandecientes como el universo estrellados. Algunas palabras le gustaban más que otras y hasta intentó enseñárselas a su mujer.


5. A veces me escribo con Ellos. Creo que las palabras me entusiasman más desde que me han ayudado a nombrar la distancia. Pero esto no hubiera sentido sin el libro de Malerba. Hace unos días escuchaba que alguien decía ojalá que el mundo fuera más chico. Yo también a veces lo pienso.


6. A Juan Francisco Sicilia no le conocí y ahora está muerto. Fue torturado y asesinado. La noticia la encontré en el periódico. La he seguido estas dos semanas. Así como el viejo Albanelli reconoció su nombre yo reconocí el del compañero de mi amigo. No es que los más de treinta mil muertos de esta guerra no hubiesen importado, es que el círculo de voces se va haciendo cada vez más pequeño. Javier dijo que abandonaría la poesía pero no se ha quedado en el silencio. Su voz desde hace algunas semanas dejó de ser papel para ser presencia. El país, por lo demás, se está cayendo, pero eso ya lo sabíamos.


7. Cuando aprendió cien palabras pensó que era suficiente para su edad. Albanelli se iba a buscar en los trozos viejos de periódico las palabras que conocía y cuando encontraba una se ponía contento como si hubiese encontrado un amigo.


8. Puede que las palabras no sirvan para nada. Vaya, siempre son más un problema que una solución. Pero ellas pueden hacer sentir la ausencia, no sólo el vacío sino también el recuerdo que no se va. Son amigas que se encuentran por casualidad. Insinúan también la vida, aún de la sangre y la violencia que se empeñan en querer desaparecerlas.


Publicada originalmente en el numero 39 de aQROpolis

miércoles, 6 de abril de 2011

la cama de los brodsky, mark manders y sobre lo que dicen los objetos

Para Claudia e Hilarión, que me llevaron.

1. Los objetos guardan recuerdos mientras se desgastan. En ellos van quedando gestos y actos que parecen no verse, historias de uso que se van sobreponiendo en los pliegues de sus texturas. Como una memoria guardada que, casi siempre, se muestra cuando estos se rompen o cuando sin esperarlo, uno los vuelve a tomar y el pasado regresa con la fuerza de una revelación, con una intensidad inesperada que nos hace trastabillar; se recupera por un momento una voz, una mano o ese rostro que parecía haber desaparecido para siempre y que uno pensaba que ya no necesitaba, pero ese regreso no hace dar cuenta que todo aquello que fue, siempre nos hará falta. Marcel Proust creía que las cosas guardan el alma de aquellos a los que hemos perdido, y justamente su personaje de En busca del tiempo perdido volvió a encontrar su infancia en Combray al remojar una madalena en una taza de té. Lo difícil, obviamente, es que la memoria no llega cuando uno la necesita, casi siempre llega por accidente. Las más de las veces se pierden los objetos y los recuerdos de aquello que fue para no volver a ser jamás. Tal vez por eso la gente guarda tantas cosas que parecen no servir más, esperando que algún día llegue esa reminiscencia perdida; que el pasado sea revelación de futuro.

2. Si los objetos son pequeños recuerdos, puede que las casas sean como esa memoria dónde la vida espere ser recuperada. Cada espacio, cada mueble, cada puerta, como espacios donde sucede y se olvida la vida. Uno no podría recordarlo todo, pero siempre es posible quejarse de no recordar lo suficiente. Por recomendación de Valeria Luiselli hace unos días leía el ensayo En una habitación y media del poeta ruso-estadounidense Joseph Brodsky. Hacía tanto que no leía algo tan triste, aunque decir triste sería un exceso, pues la lectura fue de una tristeza como bonita, sí es que eso pudiese existir. El ensayo de Brodsky es, sobre todo, un ejercicio de memoria. Un ejercicio de recordar a partir de aquella habitación y media lo que el autor compartió con sus padres, esa infancia en la ya desaparecida Unión Soviética. Lo que duele en el ensayo de Brodsky es la constatación del olvido como un inevitable. No podríamos negar que fuimos felices, pero la mayor parte de esa felicidad se ha ido perdiendo. Qué hacer cuando a esa casa no se puede regresar. Brodsky no pudo regresar. Sus padres tampoco pudieron salir de la URRSS. Del ensayo me queda una extraña claridad en la imagen de la cama de los Brodsky. En una cama puede suceder el mundo; era de madera pulida de arce carmelita claro, no crujía ; la madre de Joseph la compró muy barata en 1935 antes de conocer a su marid; esa cama nos dice Brodsky, era dónde sucedía lo importante, las pláticas y las peleas de sus padres, los planes y las esperanzas familiares; esa cama dondequiera que ahora esté, constituye un vacío en el orden del mundo: un vacío de 1,50 por 2,20 metros.

3. El artista holandés Mark Manders (Vokel, 1968) quería ser escritor. Pero tal vez se dio cuenta que lo que un objeto dice de nosotros no se puede pronunciar con palabras sino con nuevos objetos, con una nueva manera de nombrar y de mostrar. Desde 1986, Manders ha venido construyendo un edificio personal donde cada nueva escultura es una manera de decir un recuerdo, un deseo o un sueño. Crear una habitación como una frase sin palabras dice el propio Manders. Sus esculturas, a veces, torsos de personas incrustadas en barras de madera otras tantas animales que varían su tamaño (ratones, zorros, perros) son hechas de bronce patinado y parecen hechas de arcilla o de barro fresco, a éstas, algunas veces les adosa objetos cotidianos, los cuales al puestos en la escultura pierden su particularidad y ganan otro sentido. Por ejemplo Fox / mouse/ belt (1992) es una de éstas esculturas de bronce patinado, donde la figura del zorro y del ratón adquieren otro sentido al estar, ambas, anudadas por un cinturón del propio artista.

El edificio de Manders no obstante, no es un mero reflejo de lo que fue, o de lo que es, sino de aquello que pudo haber sido. Los objetos dejan de ser lo que eran para ganar una nueva y presencia: una difícil de asimilar pero de una familiaridad extraña.

Hace unos días pude visitar la exposición Obra de referencia de Manders que tuvo sede en el Museo Carrillo Gil de la ciudad de México. El segundo piso del museo fue reinterpretado en una totalidad por las piezas del holandés: la entrada así como la ventana fueron cubiertas por un plástico opaco, cada escultura fue dispuesta por el propio artista en un espacio específico, entablado así un discreto dialogo con la arquitectura de la sala. Uno se pasea por la exposición como un fantasma que recorre la intimidad de una casa ajena, no se puede saber totalmente quien vive ahí, pero se puede imaginar un rostro, una historia de vida.

4. Los objetos que hemos perdido son vacíos en el mundo como dice Brodsky. A veces en una taza de té, la ausencia adquiere claridad. Buscar los objetos, hacerlos de nuevo, inventarlo todo como Mark Manders. Decir, como en secreto, la vida de las cosas, la nuestra contenida en ellos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

gil de biedma, stamm y lo que puede ser la literatura



  1. El escritor catalán Jaime Gil de Biedma de joven creía querer ser poeta. Tiempo después se dio cuenta que en el fondo quería ser poema.


  2. En Agnes (Acantilado 2001) la prosa del suizo Peter Stamm (Winterthur, 1963), es una prosa transparente, casi ausente. En cada frase surge una claridad inusitada. Leer Agnes su primer novela, es una experiencia silente, sosegada, melancólica. Stamm al igual que Chejôv, logra generar la sensación de lentitud a partir de la brevedad: ciento cuarenta y nueve páginas apenas. Más tiempo – decía el poeta Juan Ramón Jiménez- no es más eternidad. En este caso más páginas no son más literatura.


  3. La historia que no es una sino dos: Agnes y el narrador –del que nunca sabremos su nombre- se conocen en una desolada sala de la Chicago Public Library. Él, un escritor suizo de edad madura, realiza lecturas relacionadas con la historia de los vagones de tren para su próximo libro. Ella, realiza su tesis en Física, sobre los grupos simétricos de las redes cristalinas. Después de eso, lo de siempre, aunque eso nunca sea lo mismo: las primeras salidas, los primeros encuentros, los gestos compartidos. Conforme la historia continua, surge la historia de la historia; el narrador a petición de Agnes escribe la novela de su relación mientras ambos la van viviendo. No el reflejo de lo que va pasando sino la creación de la historia adonde ellos dos son los personajes centrales. De esa manera crean un juego, cada vez que se encuentran el crea escenas suponiendo lo que pasará, se las lee mientras cenan para después, volverse protagonistas de su historia de amor. La realidad nunca sucede como la suponemos. Será entonces que la historia escrita y la historia que van viviendo divergen cauces, los mismos personajes, historias distintas. Las historias al final buscaran reencontrarse, no importando las consecuencias que de ello emerjan. Lo de siempre, pero no. Hasta aquí la historia.


  4. “-El desenlace siempre es difícil –dije- , la vida no tiene desenlace ingeniosos. Sigue adelante.” Así la novela, así Peter Stamm.


  5. La novela de Stamm muestra un paisaje al cual no podemos entrar del todo, una aproximación nada más, un paisaje aproximado -como curiosamente se llama otra de la novelas de Stamm. Como si la narración fuese una ventana adonde sólo se ve lo necesario, pequeños gestos, actos sencillos que van determinando el curso de la vida, que dicen pero que usualmente no vemos. Lo trivial importa hasta que desaparece. Así la novela que nos deja ver las fisuras que van surgiendo en la historia de los protagonistas, ellos no lo notan porque lo viven. Siempre hace falta escuchar, ver, sentir la ausencia.


  6. El escritor italiano Claudio Magris dice que tal vez la literatura pueda tener, como las hojas de los árboles, un lugar en el mundo. Ese lugar no será el de la redención, tampoco el de la huida. Puede que sea más bien, ese que nos hace aferrarnos a la vida como pensó Octavio Paz, nos permite verla, y mientras la vemos nos deja darnos cuenta; nos reconocernos y nos imaginamos en lo demás. La literatura- nos dice Magris de nuevo- otorga la revelación de que la salvación no llega una vez para siempre sino que está siempre en camino.


  7. La felicidad puede ser lo más cercano a la salvación, mientras sucede la vida vale la pena; su naturaleza es discreta, acaso como bálsamo, momentánea, minúscula, un alivio apenas. La felicidad es como tranquila. Contra las historias de pasión desbordadas Stamm propone el amor como una dulce sensatez, como una tranquilidad compartida. Es cierto que el amor, como la vida, surge para vivir muriendo pero también es cierto que en esa desaparición surgen los pequeños puntos de la felicidad, los breves pero imprescindibles gestos del amor .La literatura más que entendimiento sugiere razones para seguir viviendo, regala escenas que dejan la ternura insinuada: “-Fuimos a la sala, y Agnes me abrazó y me beso largamente como si tuviera miedo de perderme- dije citando. Y tal como lo había citado, Agnes me abrazó, pero lo hizo riéndose y sin miedo. Me solté y fui a la cocina para terminar de preparar la cena”.


  8. “- Tiene que pasar algo que haga la historia más interesante- le dije por fin a Agnes. -¿No eres feliz con lo que tenemos? -Sí que lo soy- dije- pero la felicidad no da para buenas historias. La felicidad no se puede escribir es como la niebla, el humo, transparente y volátil. ¿Has visto alguna vez a un pintor que haya sabido pintar el humo?” Así la novela de nuevo, así Peter Stamm


  9. Querer ser poetas. Vivir una historia de amor y querer escribir la historia de lo que quisiéramos ser. La felicidad no da para buenas historias pero nos hace aferrarnos. No podemos pintar el humo pero vale la pena intentarlo. Una hoja de árbol cae, nos damos cuenta que a veces, sin darnos cuenta, somos poemas

Publicado originalmente en: aQROpolis n°37

jueves, 17 de marzo de 2011

las grietas, las ciudades y las cartografías imaginarias

Desde el viernes pasado, a veces sueño que mi casa se derrumba. La madrugada del primer sueño, después de reponerme de la desesperación, me puse a contar las grietas de mi casa. Después de la quinceava desistí de la numeración. Me asombró la cantidad de grietas que había, su presencia antes transparente ahora era demasiado obvia. Mi casa se derrumba y tiene que temblar en Japón para que lo note. Pensé entonces en Joseph Brodsky y en ese verso suyo que dice que el polvo es la piel del tiempo, las grietas serían entonces algo así como las cicatrices que aparecen para recordar la debilidad de todo cuerpo, de toda construcción; insinúan la posibilidad de la catástrofe. En algún lado leí que setenta por ciento del polvo que se acumula en las casas es piel muerta. No sé si Brodsky sabía eso pero pienso que si el polvo es en su mayoría piel muerta, puede que las grietas sean en su mayoría cicatrices de nuestros cuerpos. Es curioso porque días antes del terremoto leía un titular de El País que decía, lo que mata no son los terremotos sino los edificios. Terrible coincidencia. Por lo que pasó después, por lo que escribo ahora.


El arquitecto y filósofo francés Paul Virilio escribió en su ensayo Estética de la desaparición que inventar la locomotora es inventar su descarrilamiento, todo aquello que aparece está condenado a ser destruido, toda forma lleva su catástrofe de sombra. También las ciudades. En ellas se materializa de cierta forma, el pensamiento de la sociedad: son construidas a partir de las diversas personas que las habitamos pero también de aquellos otros que las habitaron antes de nosotros, de ellos y de los de antes de aquellos. La ciudad no cuenta su pasado, lo tiene escrito en las esquinas de las calles, en los pasamanos de las escaleras, en las ventanas y los pasillos que alguna vez fueron recorridos, en las bibliotecas y en los museos que recrean las ciudades antiguas; cada ciudad es una reinterpretación del pasado.


No hay cementerio para las ciudades, escribió el polaco Adam Zagajewski, y acaso por eso no hay imagen más terrible que la de una ciudad que se derrumba, pues con ella no sólo se derrumban los edificios y las casas, se fracturan también los recuerdos de aquellos para quienes los lugares significaron más que paredes apiladas.


Ante la inminente destrucción es posible -necesario- recorrer nuestras ciudades, nuestras vidas, con otro paso. Con los pasos del viajero. El viajero a diferencia del turista se detiene, sabe mirar. Se guía a partir de cartografías imaginarias, es decir, de caminos que va creando mientras se desplaza. Se deja sorprender. Va a su paso. Se pierde. Genera rutas a partir de sus emociones y de sus intuiciones, de los libros y mapas que antes leyó. Lo que recuerda no es lo que otros le dicen que debe recordar sino lo que lo conmovió, lo que lo asustó, aquello que lo hizo emocionarse. ¿Podemos ser viajeros de nuestras propias ciudades? La pregunta es retórica, lo hemos sido. A veces sin darnos cuenta, lo seguimos siendo. Aunque la mayoría del tiempo, por la rutina y la sobreexposición, padecemos la ciudad. Lo que pasa cuando uno recorre sin pretensiones las calles y las avenidas, es que la vida se desplaza de otra manera, el cuerpo se dispone para la sorpresa y la mirada busca a partir de la imaginación: se vive la ciudad a partir de las emociones y las sensaciones.


Es a partir de estas cartografías imaginarias -este desplazamiento guiado por el placer, la imaginación y la memoria- que se construyen las ciudades de la memoria, o como Italo Calvino las denominó, esas ciudades invisibles. Estas ciudades invisibles son las que guardamos y reinterpretamos con la memoria. Más allá de los armatostes sin forma, del trafico desquiciante, uno recuerda, la ciudad de la infancia, la de los pequeños parques que le vieron jugar, la de las ventanas por las cuales se imaginaron vidas nuevas. Pero no sólo la ciudad de infancia también de aquellas ciudades donde los momentos fueron como debían ser.Por esta manera emotiva de habitar es por la cual uno siente nostalgia en la distancia. Las casas se vuelven recuerdos de concreto. Los lugares adquieren la forma de los sentimientos que en ellos tuvieron lugar. Toda ciudad dispone en sus habitantes cartografías imaginarias a partir de las cuales, surgen esas personalísimas ciudades invisibles, estas ciudades –de la memoria, de la imaginación- se anclan en lugares materiales obviamente, pero su proyección es espiritual e inmaterial, acaso por eso, estas ciudades son más perdurables, se edifican y se reconstruyen a cada instante.


Publicado originalmente en: aQROpolis. Número 35