viernes, 13 de abril de 2012

Un bostezo sobre twitter

No tengo twitter. No sé si algún día tendré una cuenta. No podría afirmar que me disgusta. Me da más o menos lo mismo. A veces, para evadir cualquier discusión, digo que no me registro en la famosa red social por temor a quedarme inmerso en sus fauces virtuales, a ser un adicto que escribe en ciento cuarenta caracteres por minuto. Aunque a decir verdad, me importa poco. De vez en cuenta husmeo las cuentas de algunas personas que me interesan. Es perfecto que no necesites registrarte para ver como avanza ese río de falsas nimiedades, de momentos que se acumulan y se van tirando los unos a los otros. No es que ignore el mundo del tuit; no se puede. Leo en los periódicos que los tuiteros tal, que los tuiteros esto, que se avisan del alcoholímetro, que Anahí es la mexicana con más seguidores, que la vida se está reinventando y que es muy idiota quien no lo esté siguiendo minuto por minuto. Se me hace genial que la vida quepa en una caja de zapatos, que alguien diga que se lava los dientes aunque no le esté haciendo en realidad, que la vida sea breve y se olvide a cada rato.
La gente es visceral cuando se trata de lo nuevo: te gusta o no, estás adentro o estás afuera. Como si no existieran los puntos medios. Te exigen la respuesta que quieren oír para vanagloriarse de su buen criterio, de la manera genial en que evaden el sistema. Para ellos, el sujeto es la mente creadora que lo da todo para inventar el mundo, en ellos sólo existen los autores. No entienden cuando Duchamp dice que la pintura está en los ojos del espectador, no toleran cuando Borges dice que un clásico es lo que la gente lee como un clásico. No comprenden que twitter es lo de menos, que lo genial es cuando alguien hace de eso un medio excepcional, cuando no se cuantos jóvenes egipcios se comunican por ahí cuando se han caído las redes telefónicas, cuando algunos utilizan, cual Perecs virtuales, las limitantes como posibilidades creativas, cuando lo de menos es lo de más.  

Claudio Magris dice que cualquier anotación, ya sea el nombre de una calle o la de una casualidad ocurrida durante un viaje, surge a partir del miedo a olvidar, a perder la vida al segundo siguiente. Somos maquinas fallidas que olvidamos lo que desearíamos guardar, que acumulamos recuerdos mientras vamos tirando otros tantos. Escribir sería, entonces, el gesto caduco que representa nuestro fracaso de ante mano. No podemos detenernos y la vida se nos deshace entre las manos: escribimos para no olvidar, aunque terminamos desperdiciando la vida por pensar en el segundo siguiente, en cómo lo vamos a contar.

He visto a los críticos más beligerantes del twitter, uno a uno, volverse presas de la futilidad que pensaron evitar. Al final, todos, vamos cometiendo los mismos errores sin darnos cuenta.

Se ha vuelto un lugar común decir qué es el arte, se ha vuelto otro lugar común clasificarlo todo, hacer la receta ficticia que nunca nos da los mismos resultados. Esto es un cuadro. Esto es literatura. Esto no. Clasificamos ante el miedo a lo desconocido. Como en ese cuento de Juan José Arreola donde una comunidad hormigas, buscando su comida, encuentra un prodigioso miligramo. Después de eso, en vez de seguir recolectando sus alimentos, se dedican a buscar miligramos similares hasta que, cegados por la búsqueda infructuosa, mueren de hambre. Habría que pensar en el arte como ese prodigioso miligramo: algo que surge por casualidad de entre las cosas de todos los días; algo que necesita de nuestra mirada para ser prodigioso en realidad. Habría que, seamos extremistas, olvidarnos de todos los artistas de la historia.  

Publicado en el número seis de [Radiador]

jueves, 8 de marzo de 2012

Historia de la naturaleza


Me propones, ventana extraña, que esté a la espera.
Rainer Maria Rilke

Los muros no dejan ver. Enmarcan, limitan, lo cierran todo. Las ciudades se van convirtiendo en muros que dan hacia otros muros, edificios que se sobreponen unos a otros. La ciudad entera parece un edificio que no da a ningún lado. La ventana sobre el escritorio de mi cuarto tampoco da a ninguna parte. Tras ella sólo se ve una pared inmensa cubierta por una enredadera. Por la ventana de Bartleby el escribiente, también se veía un muro. Pero él, mientras se negaba a realizar todas las cosas que le pedía su jefe, se pasaba todo el día mirando tras de ella. Yo no tengo aplomo de Bartleby: hago lo que me piden aunque siempre preferiría no hacerlo. Las pocas veces que he intentado mirar tras mi ventana, me desespero, como si la vida fuera a una velocidad que siempre me supera y el solo hecho de estar ahí me hiciera quedar rezagado. Estúpida juventud. A esta edad, dicen todos, la vida apenas comienza. En sus diarios juveniles, Alejandra Pizarnik escribió: “Me dicen tienes el futuro por delante, pero yo miro y no veo nada”. Yo tampoco veo mucho y toda la culpa se la echo a la enredadera.

Una ventana frente al escritorio. Un hueco en la pared. Un muro. Una enredadera y arriba el pedazo de cielo que no enmarca nada. Una ciudad que no se ve. Entre el muro y yo, un pedazo de vidrio, cortinas.

El jardín es un mar de tierra con puntos verdes que crecen desperdigadamente. Nunca se ha dado el pasto por completo. Lo intentamos varias veces. Compramos tapetes de pasto que nunca terminaron de afianzar. Era divertido desenrollarlos. Hubo también sacos y sacos de tierra fértil; esa tierra negra que siempre está húmeda: tampoco pasó nada. Alguna vez vino un jardinero e intentó germinar semillas. Todos los días mí hermano y yo, antes de regar la tierra, revisábamos a ver si había crecido algo durante la noche. Recuerdo cuando hubo brotes tenues; la sonrisa que nos dejaron aquellos puntitos verdes en el fondo negro de la tierra. Tampoco llegaron a ser pasto. Hubo con el tiempo, brotes de hierba rala. Mi mamá fue trayendo plantas que, de vez en cuando, se alzan con flores. No ha sido un verdadero jardín, pero todos le llamamos así. Sólo recibe directamente la luz del sol a medio día. Lo regamos cada tres días.
        Lo que siempre ha crecido es la enredadera. Cuando alcanzó la totalidad del muro quisimos contenerla. Sólo una vez la podamos completamente. La vecina de atrás se  quejó de la humedad que la planta producía en su casa. Un día entre mi papá, mi hermano y yo, la cortamos. No fue fácil. Las manos se quedaron deshechas luego de utilizar por varias horas las herramientas de jardinería. Cuando despejamos el ramaje, nos dimos cuenta que el muro estaba completamente seco. Toda el agua estaba contenida en las ramas. No había humedad en los muros. El jardín sin pasto se llenó de hojas y ramas destrozadas. Habíamos matado a la enredadera. Tardó algunos meses en volver a cubrir todo el muro, volvió a crecer con la misma intensidad y con un verde más fuerte. Quedó el recuerdo del muro muerto, la sombra gris de aquellos días sin hojas de enredadera. A veces pienso que nunca la podamos y crece hasta que la casa se cubre de tantas hojas que termina por desaparecer.

Las enredaderas son invasivas. En algún punto de su historia evolutiva, un error marcó su diferencia: en vez de buscar un cuerpo, como tallo o tronco, se deshicieron en ramajes que van trepando las superficies. No se pueden mantener erguidas, su cuerpo es todas las ramas.  Buscan la luz, absorben el agua, crecen. Se expanden. En un cuento de Guadalupe Nettel, uno de los personajes se da cuenta que es un cactus, mientras que su esposa es una enredadera. Él no quiere tener hijos. Ella sí. Están enamorados. Los cactus crecen hacia dentro, se recubren de espinas para no perder el agua que acumulan. Las enredaderas buscan la expansión como forma de supervivencia. Una enredadera no puede crecer rodeando un cactus. El cuento se llama Bonsái. Al final la pareja decide separarse. Todo es invasivo, incluso los cactus.

Algunas ciudades se expanden devorándolo todo, van proliferando en los espacios menos esperados. Se desbordan. Otras crecen hacia dentro, conteniéndose mientras los muros se enciman entre ellos hasta perder el suelo. Todas necesitan crecer para seguir viviendo.

Quizá mi ventana tenga una función más discreta a la que ofrece el plano vertiginoso de una calle transitada, o la de un pretencioso descampado que sólo da a sí mismo. En una foto de Wolfgang Tillmans, tomada desde el balcón de un departamento, se enfoca una rama que sostiene un fruto. Una naranja, creo. El fruto lleva adherida una breve nota que dice: “Please, leave  this one”. Detrás de la rama y el fruto se ve la ciudad desenfocada. Tal vez la enredadera no obstruya la vista, y más bien la simplifique, como la foto de Tillmans que no ve las casas sino que centra el foco en la rama y el fruto. Incluso la foto ignora el pequeño mensaje adherido al tallo, como si la realidad humana fuera una ligera intromisión. La enredadera es un escenario simple donde sucede la vida: el laberinto de las hojas, los nidos de pájaros, los insectos que no conozco. Un pequeño nuevo mundo que vive en la velocidad de las cosas que no tienen prisa. Un tiempo distinto del nuestro. Al final pienso que la vida, los años,  los días,  no se verían tan intimidantes si sólo pensara en este momento. “No hay nada más difícil que habitar el presente”, escribió Henri Bergson; quizá por esa imposibilidad de habitar lo inaprensible: lo que sucede mientras sentimos. Veo la enredadera y pienso: Please, leave this one.

Publicado en n° 251 de la  revista Este País.

miércoles, 4 de enero de 2012

Escuchar el susurro

Siempre que alguien me habla de política no dejo de sentir el tono de regaño, de moralismo barato, por no preocuparme demasiado ante los sucesos de actualidad. Cómo si la vida no hubiera estado al borde de colapso hace un siglo. Hace dos. Todo el tiempo. Pereciera que pedir a los demás la rectitud que uno nunca tendrá da puntos en alguna escala  de conciencia social: yo si me preocupo, yo si leo, yo te dije. Nos pasamos pensando que el activismo es más efectivo en la retórica que en la práctica. Aconsejar todo el tiempo para desoír las propias palabras a la menor provocación. La gente no cambia. Quizás sí. Los que no cambian son aquellos que creen que la personalidad  es una bolsa a la que echamos los adjetivos que más nos gustan; las estampitas que sirven para presumir las hazañas que por tanto predicar, nunca realizaremos.

Hace algunos meses Enrique Vila-Matas se enfrasco en un aparente debate con algunos ultras de los autodenominados “indignados”. Todo por un texto donde el escritor criticaba la superficialidad de los argumentos, los libros y las herramientas virtuales que los jóvenes utilizaban como base en su reclamo.  El texto se llamaba Empobrecimiento, y aunque el autor, a veces, parecía estar escribiendo más un regaño que un texto (“En la Spanishrevolution se ha visto cómo los tuits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer.”), señaló con precisión la manera en que vamos dejando la fuerza en tareas que parecen demasiado importantes, y que muy pronto se olvidarán. De todas las palabras se me quedaron, sobre todo, aquellas que pertenecían a  Wallace Stevens y que Vila-Matas recuperaba: "Hasta que finalmente el susurro no le interesa a nadie". Tan concentrados en el grito, tan olvidados de la arquitectura tenue del susurro.

Hay algo de injusto en pedir clases de  comportamiento ético a los libros. Petición proclamada, muchas veces, por aquellos que los consumen y los escriben, aunque publicitada, otras tantas, por las personas que los venden o que nunca los leen. ¿Por qué la literatura debería ayudarnos a ser mejores personas? ¿Por qué si un libro no habla explícitamente del momento actual, es solipsista? Escribir sobre la violencia no es un pronunciamiento activista, es, tan sólo eso, escribir sobre la violencia. Como si aquel que no leyera un libro sobre la muerte y el narcotráfico, no sintiera el dolor de perder a un ser querido. Pedimos a los libros lo que nunca podrán dar: que solventen nuestras faltas, nuestros vacíos.

Las mismas palabras en bocas distintas, el mismo contenido, el mismo espanto: reiteración tras reiteración y a nadie le importa ya el susurro. No estamos en el mejor de los tiempos. Nunca ha sido el mejor de los tiempos. A mí también me aterroriza pensar que puedo ser el daño colateral de algún enfrentamiento entre militares y sicarios. Pero ya de niño me daba miedo que mis padres no llegaran a casa. En ese entonces no conocía la palabra sicario. El miedo era el mismo. Todo se puede terminar a cada momento. Es la regla que nadie pidió, que nunca estará en nuestras manos. El poeta norteamericano Robert Creeley, ha escrito que lo mejor que podemos hacer es “advertir particularidades”; escribir para sentir lo que usualmente no se ve, para darle tiempo a lo pequeño. Y eso no sólo lo hacen los lectores, lo hace también todo aquel que, después de hacer algo que lo deja infinitamente feliz, se da cuenta que ojalá y la vida durara, apenas, ese momento perdido. Ese pequeño e infinito susurro que no se repetirá jamás. 

Aparecido en el número tres de [Radiador]

martes, 22 de noviembre de 2011

Salir de casa (o los museos como mentira)


1. Duchamp por enésima vez
Uno se acuerda de las cosas que nos justifican. De mis lecturas sólo recuerdo aquellos fragmentos que reafirman mis vicios de siempre. Estuve leyendo Conversaciones con Marcel Duchamp, de Pierre Cabane (en la bonita y austera y edición de alias), y de todas las respuestas que va soltando ligeramente a lo largo del libro, sólo recuerdo aquellas dónde el francés muestra su desinterés por el mundo del arte. Sobre todo cuando dice que, casi nunca va a los museos. Contra la imagen del hombre que lo quiere saber todo, la imagen de Duchamp, como dice Enrique Vila-Matas, se inscribe en la tradición bartlebytiana de aquellos que prefieren no hacerlo.

Yo que preferiría no hacer tantas cosas, apenas me consuelo no yendo a los museos. Uno, por el tiempo que ya no tengo. Dos, porque soy presa de los textos; prefiero hojear los catálogos de las exposiciones o leer sobre las obras a perder mi fin de semana con gente que no conozco. Tres, porque casi todo está en internet. Cuatro, por esta falsa perorata que hago para justificar mi desidia:
Hay en los museos un cierto tufo de cristal. Dentro de ellos, algo siempre parece a punto de romperse. Camino casi de puntitas. La voz se me vuelve un susurro. Manita en el mentón y la postura más erguida. Como si los museos tuvieran un impedimento de nacimiento que nos hace sentir siempre incómodos. En ellos uno se siente observado, algunas veces por los custodios de las obras, otras tantas por las cámaras de seguridad. En ocasiones, la mirada inquisidora viene de las mismas paredes del museo; cuando hice mi servicio social en el MUAC, una trabajadora decía que todos los días sentía que el edificio juzgaba lo que hacía. No sólo ella. La gente en los museos tiene cara de cartón; o de exquisitos al borde de un colapso por tanta epifanía. En fin, un fastidio.

2. El cuerpo es una casa
El artista mexicano Rafel Lozano-Hemmer se ha valido de la tecnología para generar experiencias estéticas más allá del confort de los museos. Sus obras son una revalidación del espacio público, en ellas el espectador termina siendo, muchas veces, el protagonista de la obra. Under the scan (2005-2006) es su proyecto que más me entusiasma. Fue realizado en varios poblados de Inglaterra. Realizó mil videos donde los lugareños eran grabados haciendo lo que quisieran. Los videos se proyectaban aleatoriamente en una plazuela pública, la cual estaba completamente alumbrada por grandes reflectores. La luz impedía que se pudieran ver los videos. Cuando la gente cruzaba la plazuela, su sombra hacía posible ver los videos. Había cámaras que seguían  a los paseantes para poner los videos en su camino. Cuando se perdía el interés y el espectador se iba, el retrato se desvanecía. Cada siete minutos era revelado el mecanismo de funcionamiento de la obra. Luego de esto, volvía a comenzar.

Encontrarnos, con la gente; de eso trata la obra de Lozano-Hemmer. De eso va la vida también. La ciudad como escenario. Cuando salimos de casa, la vida puede volver a suceder. Robert Louis  Stevenson escribió que El cuerpo es una casa con muchas ventanas: en ella nos sentamos todos, mostrándonos y llamando a gritos  a los transeúntes para que vengan y nos quieran”. Hay encuentros intrascendentales, hay otros, más infrecuentes, que nos cambian la vida. Somos a partir de los demás, ellos también son a partir de nosotros. Descubrir un video proyectado en el suelo para darse cuenta que la vida, con todo y sus encuentros fortuitos, acaso por ellos, es la experiencia estética más intensa. 

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Aparecido en el n°2 de Radiador  y en el n° 71 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de  Armas de Querétaro.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Anatomía de los oficinistas

Desde hace varias semanas no escucho bien del oído derecho. Con JM, cuando caminamos, me pongo a su izquierda para poder escucharla bien. Ella dice que debería revisarme el oído, yo le digo que sí; al final termino sin hacer nada. El otro día, sin que se lo pidiera, se cambió del lado derecho a mi lado izquierdo, cuando nos dimos cuenta hasta qué punto nos hemos acostumbrado a mi parcial sordera, reímos. Luego me espanté un poquito, por el tiempo acumulado sin mi oído derecho; al final se me olvido. Uno se acostumbra a todo. A lo mejor nunca vuelvo a escuchar bien. Le voy viendo las ventajas, a veces completo las frases de las conversaciones cercanas, me imagino mejores temas a los de siempre. El otra vez, según yo, tres mujeres hablaban del origen del mundo visto a través de una revista de chismes.
A la hora de comer, me encuentro con demasiados oficinistas. Van de tres en tres; de cuatro en cuatro. Ocupan casi siempre toda la acera. Casi nunca van solos, he visto pocas parejitas. Siempre van muy lento. Ese ritmo suyo no deja de parecerme fascinante, yo que aun sin tener nada que hacer, llevo prisa siempre. Se ve que no quieren regresar al trabajo, de todos modos van contentos. He tratado de llegar temprano a la Fundación para corroborar que su actitud no es la misma por las mañanas. No he podido.

Cuando van puros hombres, son más bien burdos y baratos. Dicen cosas a las estudiantes de la escuela Bancaria. Entre ellos son nefastos: hablan fuerte, apestan a colonia, comen con la boca abierta. El otro día, en la taquería, dos de ellos no se despegaban de la salsa. No dejaban que la gente se sirviera bien. Estorbaban. A uno le di un codazo disimulado para quitarlo de ahí. Me serví salsa. Se me quedó viendo feo.

Los oficinistas todavía fuman después de comer: me contaba JM, que a un amigo suyo le escupieron en la facultad por estar fumando. No puedo con esa manía de la salud, me desesperan los ecologistas –esos feligreses del credo en moda. Yo, que nunca he sido un deportista, siento empatía por los fumadores. El escritor y editor José María Espinasa dice que, cada vez que ve una cajetilla con el leia de: “Fumar te mata lentamente”, le dan gajas de fumar más; nadie se quiere morir rápidamente, dice él.

A veces, JM, viene a comer conmigo. Cuando eso pasa, somos oficinistas sin oficina. La gente se parece mientras come. Platicamos de los pendientes, de tal o cual cosa, tal o cual tema. Acostumbrado a ver a la gente, me gusta cuando sólo me concentro en lo nuestro. Me imagino que un yo imaginario que no está con JM, completa frases de nuestras conversaciones. Ella fuma después de comer, yo me tomo un expresso. Al final damos una larga caminata para bajar un poco la comida.

Nunca he usado un traje, tampoco una corbata. Pero a veces creo que lo realmente necesario en mi vida es un trabajo de oficina. No se necesita una academia de artes para ser creativo. Siempre tendremos a Kafka y a Julio Ramón Ribeyro para darnos cuenta que la literatura se hace donde sea. Debería intentar ser un Gombrowicz de la colonia del Valle. A lo mejor he visto demasiados capítulos de The Office, pero me caen bien los oficinistas. Contra el prejuicio de los trabajadores alienados me gusta contraponer la forma en que toda la gente se apropia de los lugares donde se desarrolla. Sea una empresa, o una casa llena de escritores. No hay nada más revolucionario que una comida que se pasa del tiempo permitido.

Publicado en el n°69 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un libro tendido (mística espiritual de la de desidia)

Daniel me invitó a colaborar con una columna en su nuevo proyecto literario: Radiador . Un fanzine digital que tratará de salir puntualmente cada mes. Cada número será temático y con una previa convocatoria para que pueda publicar quien sea. El número del mes pasado trató sobre la poesía y el misticismo. Yo no sé si lo que escribí tenga alguna relación con la temática. Nadie me dijo que no. El texto quedó así:  

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Para que no me reprocharan el haber metido una sola prenda en la lavadora, colgué ropa limpia en los tendederos de mi casa. No sé por qué, ese gesto, a parte de ridículo, me hizo sentir un poquito de tristeza por la manera en que vamos haciendo cosas para estar en paz con los demás. Tiempo después, ya cuando la camisa lavada estaba seca, me di cuenta que ésta, por mucho, se veía más vieja que las falsas camisas sucias. Una vieja camisa que me pongo todo el tiempo para sentirme seguro ante los demás. Eso hacemos siempre, aferrarnos a lo mismo para no tener que sentir vulnerabilidad ante lo nuevo.

Cuando subo a la azotea me gusta recordar las instrucciones que Marcel Duchamp, envió como regalo de bodas a una de sus hermanas: colgar un libro de geometría en el balcón del apartamento. De esta forma, el viento podría “(...) elegir sus problemas, pasar las páginas, e incluso arrancarlas”. Que la vida se resuelve sola, me repito como mantra algunas veces.

Lo nuevo, parece gritar el mundo, siempre lo nuevo; el filósofo alemán Boris Groys, argumenta que podríamos decir qué cosas son inherentes a la novedad, lo que no podríamos hacer nunca, es dar una receta para que lo nuevo perdure. Todo es una moneda al aire. Al final, como la camisa desteñida (mi camisa), terminamos gastando incesantemente las cosas que nos gustan. Sin saber por qué, nos vamos haciendo esclavos de lo mismo.

Cuando las cosas importan, siempre son elhas las que nos inician. Francis Alÿs, dice que no presiona mucho durante el proceso creativo de sus obras, si las cosas se complican, comienza a realizar una pieza nueva. En esa confesión del artista belga, se puede traslucir toda una ética del fracaso: dejar las cosas, volver a comenzar, saber reconocer la sucesión adecuada de las cosas que vienen, cambiar de página; quitarle peso a la voluntad, creer más en las cosas y en su devenir propio. Casi todo depende de otro tiempo, de alguna fuerza menos nuestra y más de lo desconocido. El amor, decía Joseph Brodsky, siempre es más grande que nosotros. No sólo el amor, la vida en general siempre es más grande que nosotros.

Borges siempre quiso ser un poeta místico. No es una exageración, su literatura surge a partir de la búsqueda de esa revelación, de esa posibilidad de acceder al secreto de la vida y de las cosas. En su ensayo sobre La Muralla China, Borges escribe que, la experiencia estética es: “(...) la inminencia de una revelación, que no se produce (...)”. No encontraremos nunca la revelación esperada, pero acaso en su imposibilidad, la experiencia estética nos haga dar cuenta que nada está dicho de una vez y para siempre. Como una grieta en los muros, el arte nos hace sentir que la vida, puede hacerse siempre, una vez más, y otra, y de todos modos, seguir incompleta.

Haría falta, en vez de apelar a la voluntad, esbozar una teoría falible sobre lo inevitable. No decidir, seguir simplemente. Dejar que el viento arranque las hojas, solucione la vida, nos traiga nuevo problemas. Buscar más que la revelación, la sensación de lo que vendrá: un eterno suspenso que no se resuelve. 


jueves, 13 de octubre de 2011

Días de camisas viejas


De niño me gustaban las bermudas. Las vestía cada que podía: cuando salía a jugar, en  las reuniones familiares, o cuando andaba, simplemente, por la casa sin hacer nada. Me daba tristeza que lloviera y no me dejaran ponérmelas debido a que se me mojarían las piernas. El gusto por los pantalones que no eran pantalones me duró varios años. Hasta la secundaria, creo. Nunca supe explicar aquella fascinación por los shorts que no eran shorts. Me acuerdo que, una vez, antes de una fiesta, estaba angustiadísimo por no saber que ponerme (primera aclaración: fui un niño gordo; muy preocupado por no parecerlo demasiado.), se hacía tarde y mis papás se empezaban a desesperar. Yo no sé si en serio o más apurada que atenta, mi mamá me recomendó ponerme una bermuda, se te ven muy lindas, me acuerdo que dijo. Muy lindas. Y yo me puse cualquier bermuda. Estoy seguro que ese fue el pretexto para ponérmelas después a cada rato. Uno se inventa pretextos para las cosas que hacemos; las  razones verdaderas nunca las sabemos, sólo pretextos que llegan a destiempo. Hoy, la voz de mi mamá, sigue siendo el pretexto para recordar aquel gusto por las bermudas. Tuve muchísimas; un día, simplemente, dejaron de gustarme. La prenda de siempre empezó a parecerme ridícula, infantil. Ya no me he vuelto a poner una. Cuando veo a cualquier persona con una bermuda, luego de parecerme patética -la persona y la prenda-, siento un poquito de nostalgia por los días en que me hicieron sentir menos gordo, más lindo.


(las cosas que defendimos, la ropa que nos pusimos, los amigos que tuvimos, como cosas inservibles que se van apilando en el olvido)

La semana pasada, luego de descomponer la lavadora, descubrí que una camisa que me gustaba particularmente, estaba rota. Me di cuenta cuando iba a plancharla. La tela rasgada entre los botones y la bolsita esa, donde la gente de oficina pone las plumas. Era cuestión de tiempo. Hacía semanas que había notada la delgadez transparente que iba adquiriendo la tela de la camisa. Ya tenía casi dos años con ella.

Esa camisa, fue la última de una serie de prendas que he ido perdiendo en los últimos meses. Cliente de las malas compras, voy juntando ropa que no me pongo para sólo vestir las mismas diez prendas de siempre. Sigo siendo inseguro. No me gusta darme a notar demasiado. No soy estrafalario, prefiero vestir la misma ropa a vestir diariamente diferente: soy esclavo de lo mismo.

Ya no tiro la ropa vieja que me gusta. La voy guardando como un cementerio bastante malo de las cosas que me dieron más tranquilidad que cualquier otra cosa en el mundo. Cuando veo en mi closet mi blazer verde militar que usaba en la preparatoria, me acuerdo de los días y las personas de entonces. De un momento a otro, el blazer, se fue deshilando de varios lados: las mangas, los bordes inferiores. También se fue rompiendo. Nunca usé una prenda tanto como esa. Sin darme cuenta fui dejando de ponérmelo, también, sin darme cuenta, fui dejando atrás todo lo que esos años me apasionó fervorosamente. De aquellos días, apenas y sobrevivió una prenda. No fueron años ridículos, estoy seguro. 

Publicado en el n° 65 de aQROpolis, suplemento cultural del periódico Plaza de Armas de Querétaro.